
Las alergias solares aumentan. Y lo sé por experiencia propia. La primera vez fue en la costa levantina no voy a dar más detalles geográficos, aunque dudo que los turistas y los apartamentos vayan evacuarse. Sin duda alguna, sí me gustaría que así fuera, pero por más que lo diga yo, España es un país de sol, costa, vacaciones y muchos turistas.
Por más que el mediterráneo sea un mar contaminado y maltratado por todos nosotros con nuestros yates (yo no tengo ninguno) y bolsas de patatas fritas, que tengo que reconocer que sí he comido alguna pero las suelo tirar a la papelera más cercana.
¿Qué estamos haciendo con nuestro entorno aparte de construir y destruir? Ya no sólo es el mar, también el cielo y el sol están alterados y eso sólo nos perjudica a nosotros. Nuestra piel se pone al rojo con los rayos ultravioleta y un buen día deja de soportarlos. Y no soy yo la única, la comunidad científica al completo viene observando como cada día hay más casos de reacciones cutáneas repentinas frente a las radiaciones solares.
Aunque el sol aporta grandes beneficios, también tiene serias contraindicaciones que se han visto incrementadas en los últimos años por la disminución de la capa de ozono. Los rayos UVA que tanto nos broncean son responsables del 81% de los casos de intolerancia solar porque penetran en la epidermis provocando excesiva pigmentación, quemaduras y efectos fotocarcinógenos. Además, entre los fenómenos indeseables que causa la excesiva exposición al sol, están el fotoenvejecimiento y el cáncer de piel. Por eso es muy recomendable utilizar un factor de protección elevado sobre todo en las zonas más expuestas: la cara (especialmente la zona de los ojos), el escote y la parte alta de la espalda.
En estado de alerta hiper-reactiva, las pieles sensibles manifiestan irritación, ardor, picor, granos con eritema y una serie de reacciones en cadena relacionadas con la urticaria solar. Es un proceso de intolerancia al sol que se manifiesta igual que una alergia. Porque se trata de una alergia al sol. Al principio no se manifiestan todos los síntomas a la vez. Pero igual que sucede con otros procesos alérgicos de no poner solución irán en aumento.
Mantenerse en la sombra todo el día es lo más seguro, pero resulta un tanto incompatible con las actividades típicas de las vacaciones, incluso del día a día. Sobre todo con las ganas que tenemos todos de tomar el sol después de todo un año con poca vida al aire libre. El sol del verano es muy difícil de evitar. Se cuela por las ventanas, traspasa parabrisas, sombrillas. No respeta ni un paseo por el parque y mucho menos cerca del mar. Los rayos ultravioleta atraviesan incluso las fibras de algunos tejidos. Por eso, para las pieles más reactivas al sol se recomiendan sombreros y ropa de algodón entrelazado con cierta densidad. La textura de la tela vaquera es la que más protege.
Como paradoja, las altas temperaturas nos invitan a despojarnos de la ropa, salir y sumergirnos en el agua. Nuestra piel está en contacto casi permanente con la luz de los rayos ultravioleta. Solo tenemos la noche para descansar de la insolación de un verano lleno de sol.

Por el día, hay que untarse de protección hasta las cejas con un FPS o SPF (en inglés) de nivel alto o extremo, a partir de 15 y hasta 60 +, con capacidad de bloquear el paso de los rayos UVB y UVA.
Son eminentemente protectores y están dirigidos a personas con enfermedades cutáneas, con pieles muy blancas y finas, o para personas que están bajo algún tratamiento médico específico, por el que no deben exponerse de manera directa al sol. También son muy utilizadas en bebés.
Con el paso de los años la industria de solares ha evolucionando hasta garantizar una verdadera seguridad ante el sol, siempre que el producto se utilice de manera correcta.
