
El rostro desencajado, la mirada perdida, duele ver así a
Maradona pero esa era su imagen en el banquillo de
Argentina mientras
Brasil iba soltando uno a uno los tres látigos que han pulverizado otro pedazo de su infinita leyenda. Mi memoria no recuerda la imágen viva de alguno de los cuatro grandes.
No he visto a
Di Stéfano, recuerdo vagamente a Pelé, Cruyff es el gran protagonista de vídeos de coleccionista, y Maradona sí, Maradona es el futbolista más grande que han visto mis ojos. Lástima que la persona no acompañara la grandeza del futbolista, o que el peso de un jugador de su talento fuera demasiado para un mortal.
Pero todo lo que ha pasado tras el Maradona jugador no le ha ayudado a perfeccionar su recuerdo, de tal manera que reúne casi a la par devotos seguidores de un dios menor con adversarios enfermos de ira, de odio y de desprecio. Con ninguno de los dos bandos me quedo. Siempre he creído en el jugador pero me niego a que le utilicen cómo un ejemplo.
No, si él nunca ha intentado serlo. No tiene la culpa de haber sido una máquina perfecta de jugar al fútbol, tan perfecta y poderosa que arrastró al ser vivo que lo portaba, hasta el límite de la subsistencia. Cuando
Grondona le eligió para el cargo de seleccionador, su ex-mujer,
Claudia, comentó que esperaba que el ofrecimiento fuera en serio, que pedía a todos que nadie jugara con el destino de su ex marido, conociendo cómo conoce la fragilidad de sus ilusiones, la débil barrera que le separa del mundo normal. La oferta iba en serio y
Diego dijo sí.
Lo que seguro no sabía es que el destino iba a ser tan cruel. Cómo si el fútbol quisiera cobrarle la deuda por tanto cuanto depositó en su pié izquierdo. Tanto le puso y el tanto lo maltrató. Su carrera de entrenador está siendo un tormento. Su selección, la ilustre albiceleste, fue humillada por
Bolivia, ahora y ante ese público que tanto le adora por su eterno enemigo, Brasil, y por el dedo acusador de la crítica contempóranea, esa que sólo ve hasta el cierre diario de cada periódico, que ya ha sentenciado al reo.
Condenado por malo. No sirve para entrenar, dicen. Que se vaya, proclaman. Su vanidad, el errante ejemplo de su vida no le ayuda en su defensa, pero yo me quedo y lo haré siempre con el
Maradona que jugaba al fútbol como si fuera
Peter Pan, cómo un niño que nunca quiso crecer porque más allá de los años ya no le acompañaría un balón, su gran amigo, su gran protector. Sin la pelota es un mortal como todos sólo que más vulnerable y frágil que la mayoría. Nosotros, los demás, no cargamos con el peso de un genio que se fue.
JUAN CARLOS RIVERO