Desde que Vicente Del Bosque asumiera el cargo de seleccionador España ha jugado casi treinta partidos de los cuales ha perdido dos. Uno en las semifinales de la Copa Confederaciones del verano pasado, y el del otro día frente a Suiza. En el camino ha firmado una fase de clasificación inmejorable, con diez victorias en otros tantos encuentros.
Tras la derrota frente a Estados Unidos apareció una crítica bastante dura con la figura del seleccionador. Un año después algo similar ha sucedido en cuanto ha llegado el primer traspié, que felizmente a día de hoy no es definitivo aunque es verdad que nos ha dejado en una situación incómoda. Así estaban Alemania e Inglaterra y ambos lo han solucionado con éxito.
Embobados por el triunfo en la Eurocopa, a los mandos de Luís Aragonés, pareciera que cualquier tiempo futuro será peor, y que, en todo caso, siempre deberá estar en deuda eterna con aquel maravilloso verano austriaco.
En vez de servirnos para quitarnos el cartel de selección que acude al campeonato para no hacer nada, el triunfo de la Eurocopa ha añadido una presión absurda basada en aquello de “cualquier tiempo pasado fue mejor”.
Ganamos la Euro, y todos nos felicitamos y lo disfrutamos. Antes lo habíamos pasado fatal con una fase de clasificación que no tuvimos clara y en la que acumulamos hasta dos derrotas seguidas que nos pusieron al borde de la eliminación.
Del Bosque heredó un equipo campeón, tal y como él mismo le dejó a Queiroz en el Real Madrid, asumió esa responsabilidad y todos los pasos que ha dado han tenido por objetivo mejorarlo. Ha añadido una variante al juego de nuestros estupendos centrocampistas tratando de incorporar jugadores de banda. Algo parecido intentó Luís Aragonés cuando llamaba a Joaquín, al que dio entrada en muchos partidos cuando el juego se atascaba. Ahora hay más futbolistas para esa función, Del bosque tiene cuatro: Pedro, Navas, Mata y Silva. Que están en la selección porque él los ha llamado.
A 24 horas del decisivo partido contra Chile no deberíamos contagiarnos del pesimismo de los nostálgicos, a quienes el reloj se les paró aquella noche del Prater. Como si el triunfo solo fuera suyo y nadie más tuviera derecho a repetirlo, no vaya a ser que se borre su idílica imagen. Yo confío en esta España, la única que reconozco porque es la que tenemos ahora. Se está haciendo un buen trabajo, hay buenos jugadores y un gran entrenador. Lo que no quita para que se pueda discutir sobre si jugar con éste u aquel, con cuatro o cinco, con uno o dos. Todos los debates son razonables, salvo si van con “mala baba” que los hay. Yo no pienso bajarme de este carro, ni en las buenas ni en las malas. Peor es tildar de “los otros” al equipo cuando pierde, y “los nuestros” cuando gana. JUAN CARLOS RIVERO.