Ya está el Madrid en el territorio de la épica, el lugar que más ha frecuentando en las últimas temporadas. Sacudida la institución por la decadencia de la última etapa de Florentino, que acabó en su dimisión, y por el vergonzoso mandato que a la postre supuso el mandato de Ramón Calderón que acabó también en dimisión, aunque por razones diferentes, desde luego mucho más penosas, indignas y denunciables que las que obligaron a su predecesor.
A siete puntos del líder cuando quedan 39 en juego, el mismo líder que le espera en la final de Copa, y quién sabe si en la champions, aunque antes tendrá que afrontar una eliminatoria repleta de sombras ante el Lyon. Los seis años consecutivos cayendo en octavos convierten el empate a uno de la ida en una anécdota. El de vuelta será un partido en el que el Madrid se enfrente a su reciente historia y a su frenético presente.
Las veces que he coincidido con los responsables de la dirección deportiva del Real Madrid he percibido el respeto y admiración que les inspira el actual Barça. Saben que se enfrentan a un equipo irrepetible, que hace dos años ganó todo lo que estaba en juego, y que no ha perdido un solo gramo de su inmensa fuerza. Ese es el gran desafío del Madrid, que se ve obligado a luchar contra reloj, a tono con el “a mi Sabino que los arrollo” en el que convierte la mayoría de sus partidos. Nada nuevo. En la etapa de Shuster cada partido era un duelo a ida y vuelta, el año pasado con Pellegrini cada día era un descontrol dónde supo sacar mucho partido, y ahora con Mourinho el equipo se vuelve más letal cuanto más se desordena el juego. Al toque de corneta el Madrid estuvo a punto de ganar en Riazor, intentando jugar o algo parecido durante la primera hora apenas logró inquietar a Aranzubía. Así pues, vuelven los tambores de guerra para este último tramo de la temporada en el Bernabéu. Como dice Luís Aragonés, ahora es cuando se decide todo. Y el Madrid afrontará este período presa de la angustia y la ansiedad que, sorprendentemente, tantos réditos le produce. Es así desde hace mucho tiempo. Con Mourinho aún se ha acentuado. Con esa capacidad para generar tensión hasta el límite y más allá que diría Buzz, contra el calendario, los árbitros, los delegados ajenos, entrenadores adversarios y directivos propios, sea cual sea su graduación, por cierto. En un nivel máximo de excitación el Madrid se dejará el alma para invertir la tendencia, esa que pone al Barça en el piso superior. Hace unos días el presidente del Atlético de Madrid, Enrique Cerezo, me comentaba que la camiseta blanca tiene algo que convierte en indomables a sus jugadores, lo que él echaba de menos en el resto, incluido el todopoderoso Barça. Puede que las cosas le fueran mejor a los blancos si tuvieran tiempo para pensar, pero no lo tienen, y tampoco se lo dan, así que sólo les queda una, volver a la épica, o mejor, seguir en ella. JUAN CARLOS RIVERO