Que Guardiola se vuelve hacia la grada exteriorizando su alegría por un gol en Champions, palo. Que toca en la cara a un rival, Wilshere, reprobando un lance del juego, peor. Que se encara con Wenger al término del partido una vez el francés le comenta que felicite a Busacca, el colmo de los colmos. Puede que alguna de estas cuestiones sea reprobable, para mí el incidente con un jugador adversario no es muy edificante, pero estar esperando tras la esquina al error que nos muestre a un Guardiola humano y real no tiene sentido.
Eso es lo que llevan haciendo todos aquellos que acuñaron que Guardiola mea colonia, que de tan exquisito espanta y no sé cuantas cosas más. El caso es echar por tierra su trabajo como entrenador de fútbol y no digamos su figura como persona. Son los mismos que se niegan a reconocer las bondades de un equipo extraordinario donde el papel del entrenador no es precisamente una anécdota. Imagino las cosas que habríamos escuchado si Bendtner llega a aprovechar la última ocasión del partido ante el Arsenal. Se habría comentado que era el fin del ciclo –tantas veces anunciado- la decadencia del Barça, el agotamiento de un modelo que por segundo año consecutivo se estrellaba en Europa. Algo parecido a lo que los componentes de la Quinta del Buitre llevan escuchando toda su vida. Que si, que muy buenos y tal, pero que no ganaron la Copa de Europa. Como si con ese dato tan evidente y elemental escondiera para siempre el tremendo efecto que aquellos chavales del Madrid tuvieron en el fútbol español, en todos los sentidos.
Negarle el pan y la sal a Guardiola recriminando el más mínimo detalle es un absurdo. No reconocer su impacto en nuestra liga y el trabajo que está haciendo al frente de un irrepetible grupo de estrellas de necios. Pretender con eso defender al Madrid no tiene sentido. Por estructura, potencial, entrenador y jugadores, el Madrid siempre estará en condiciones de luchar contra el mejor Barça, el Manchester United, Inter de Milán o quien sea. Tan obtusos para reconocer el mérito ajeno, se vuelven ciegos con el propio. Qué se le va a hacer. JUAN CARLOS RIVERO.