Tanto clásico en tan poco tiempo estaba claro que iba a dejar secuelas. Apenas daba tiempo para que las heridas de un partido se curaran cuando llegaba el siguiente y así no había manera. Tampoco el clima de las ruedas de prensa, Mourinho primero y Guardiola después ayudaron a la pacificación. Todo habría quedado en el ámbito de una rivalidad eterna, incluidas las denuncias, de no ser porque había un daño colateral: la selección nacional donde los jugadores de Barça y Madrid son su columna vertebral. Si, hablo de la selección, la que nos dio la inmensa alegría de ser campeona de Europa en 2008 y del Mundo en 2010.
Al hilo del ruido provocado por los clásicos ha sido mucha gente la que ha alimentado las tensiones con la vista puesta en el equipo nacional. “Esto es el fin de la selección ha llegado a decir algún iluminado”. Probablemente alguno de los que tanto gritaron cuando España se jugaba los cuartos en el Mundial. Cosa normal. Lo extraño es que luego tanta gente la menosprecie, como si no tuviera entidad propia, como si no mereciera un respeto.
Aún me pregunto cómo este grupo de chavales tan extraordinario está siendo capaz de marcar el mejor ciclo de la historia de España, teniendo en cuenta que el apoyo ante cualquier contingencia es tan ligero y voluble. También recuerdo cuánto se habló de Cristiano Ronaldo cuando Portugal ganó a España, de lo bien que había superado a Piqué y Puyol. Trasladando a la rivalidad Madrid Barça el interés del equipo nacional, que viendo lo que hacen algunos da la impresión de merecer ser ninguneado porque sí, porque es de todos.
No voy a ser yo el que niegue los roces entre los jugadores. Que los ha habido y muy duros. Ni las declaraciones de algunos internacionales, no todas muy afortunadas. Pero pensar que los clásicos se van a cargar el equipo nacional es demostrar escasa sensibilidad con España, con nuestros internacionales y con el trabajo del seleccionador. Una profunda y miserable falta de respeto.
JUAN CARLOS RIVERO.