Escrutado por aquellos que no cejan en su empeño de encontrarle defectos y debilidades, Pep Guardiola ha vuelto a dar una lección de solidaridad y sentido común. Lo ha hecho con Laporta y sus directivos, personas cuyo simple contacto sólo le puede acarrear problemas y enemigos. No parece importarle a Guardiola, para fastidio de esas gentes que viven pendientes de sus actos, que primero mostró su preocupación por el “futuro de ocho familias” –amenazadas de un millonario embargo judicial- y luego no ha tenido problema en ofrecer explicaciones desde el respeto al socio blaugrana, a su actual presidente y al club en general.
Guardiola no ha buscado división alguna en el barcelonismo, ni detonar una guerra con Sandro Rosell que sólo favorecería a sus adversarios. El entrenador blaugrana no se ha olvidado de la gente que le llevó al banquillo del Nou Camp y eso le honra a todos los efectos. En sus palabras se han buscado signos de ruptura total. Nada más lejos de la realidad. Pep le ha echado una mano a gente en apuros –Laporta- al tiempo que respeta la decisión del socio azulgrana autor de la denuncia y, por supuesto, el mandato de la asamblea blaugrana. Cierto que le gustaría que las directivas salientes y entrantes firmaran la paz. Pero no le conozco un solo acto que no vaya a favor de su club y en beneficio del equipo. Por más que les pese a quienes siguen esperando su caída. En vano, por lo que se ve.
JUAN CARLOS RIVERO