Dos partidos consecutivos sin lograr la victoria arrojan un dato al que no estábamos acostumbrados con la selección española de fútbol. Tan contentos y orgullosos que nos sentimos por su juego, su Mundial y su Eurocopa la minigira por Londres y San José de Costa Rica han dejado un gusto amargo que apenas suaviza la buena reacción de la segunda parte y el empate final de Villa en Centroamérica.
No se puede reprochar la actitud de los jugadores de la selección española, esto es lo primero que comentó el seleccionador, Vicente Del Bosque, tras la derrota en Wembley. Y es verdad. En plena temporada, con la tensión que los jugadores viven en las diferentes competiciones, la inclusión de las fechas internacionales -más cuando se trata de amistosos- obliga a los futbolistas a un esfuerzo suplementario. Y no hay queja en efecto de su actitud, pero está claro que el rendimiento no es el mismo. España jamás se ha sentido tan exigida en los partidos amistosos. México, Argentina, Portugal, Italia, Inglaterra y Costa Rica no habrían afrontado de la misma forma sus compromisos con España de no ser por la estrella que los internacionales españoles portan encima de su escudo. A ninguno de ellos España ganó. Ya sabemos que la estrella exige y que hay mucho prestigio en juego. El mismo que nos hemos ido dejando en cada uno de esos países.
Hay que valorar la dificultad de este tipo de partidos para los jugadores españoles, pero no se puede mirar a otro lado cuando se detecta que hay mecanismos que han dejado de funcionar, y que tanto nos han maravillado. No hay que preocuparse, ni tampoco ignorar que los malos resultados obligan a la reflexión. Estamos a tiempo.
JUAN CARLOS RIVERO