
Al hilo de las rotundas declaraciones de Simeone, entrenador del Atlético de Madrid, que son todo un manual de pragmatismo sin lírica, viene a colación un viejo debate en el fútbol. El de aquellos equipos y jugadores que apostaron y apuestan por un escrupuloso respeto al juego y los que sólo buscaron la victoria sin importarles la estética. Vaya por delante que el fútbol invita a muchos caminos. Que a la victoria se llega por varios sitios siempre y cuando sean legales, y que no existe una sola acepción del juego. Huyamos del pensamiento único.
Dicho esto es verdad que recordamos equipos que marcaron época por su juego independientemente de lo que ganaron, aunque generalmente va unido. Sucede que en la memoria permanecen los primeros más que los segundos. Veinte años después seguimos hablando de la Quinta del Buitre aunque le pongamos la coletilla de “no ganaron la Copa de Europa”. Pero les recordamos porque ayudaron a cambiar la mentalidad de nuestro fútbol, porque fueron un grupo de chicos de barrio que mostraron una forma distinta hasta entonces de concebir el fútbol en nuestro país y además ganaron cinco ligas consecutivas, por cierto.
Y permanece el dream team que si fue campeón de Europa y ganó cuatro ligas seguidas aunque el Milán les goleara en su segunda final europea. Aquel equipo de Cruyff fue una máquina de hacer fútbol, de generar ocasiones de gol, de entretener a mucha gente. Y lo mismo pasa con las grandes selecciones, el ejemplo más claro es la Holanda de Cruyff en el 74 o la siguiente selección holandesa, ya sin Cruyff, en el 78. Ambas llegaron a la final pero no la ganaron, no por eso fueron el exponente del fútbol total, y los protagonistas de innovaciones que forman parte del fútbol actual.
Por eso, Simeone está en su derecho de anunciar el fútbol que quiera. Esa manera de entender el juego seguro que da resultados inmediatos pero son intranscendentes para la historia de este deporte. Quedará en los libros de estadística pero no en la memoria de la gente. Y se esfumará.
JUAN CARLOS RIVERO