
El entrenador del Real Madrid, José Mourinho, comentó tras la derrota 1-2 con el Barça que la clasificación estaba muy difícil. El Madrid ha de marcar al menos dos goles en el Camp Nou y que el Barça no haga ninguno. Si lo hace los blancos deben ir sumando uno más.
Peor lo tenía en la Champions la pasada temporada cuando estaba obligado a remontar un 0-2, y algo mejor en la Supercopa donde empató a dos. En ninguno de los casos paso la eliminatoria o ganó el título.
Después de la tropelía de alineación que Mourinho inventó para el choque del miércoles en el Bernabéu con Altintop y Carvalho como estiletes, se abre el interrogante sobre qué es lo que el entrenador portugués va a hacer en Barcelona.
Hay cierta resignación en el madridismo no ya con esta Copa, sino en general con los enfrentamientos ante el Barça. Se apreció en la rueda de prensa previa de Mourinho, donde compareció muy tenso y crispado. Me cuentan que Mou detecta esa resignación en su vestuario y que por eso está tan enfadado. El caso es que perdió otro trozo de su prestigio por la derrota, la imagen dada, y especialmente por sus intenciones plasmadas en el once.
En Barcelona tiene varias opciones, tirar el partido argumentando que no hay nada que hacer y que lo importante es la Liga. Mensaje que ya ha repetido. O intentar luchar por una misión en el límite de lo imposible. Lo primero le haría mucho daño, un poco más, a él y al Madrid. Lo segundo le permitiría volver a conectarse con la historia del club para el que trabaja. Que jamás se dio por rendido, ni en la peor de las situaciones y que cuando ha caído lo ha hecho con grandeza. Mourinho debería estudiar algo de la esencia blanca. Está en los libros, y en el espíritu de tanta gente buena que ha pasado por Chamartín. Bien haría en escucharles a ellos, y no a esos correveidiles que viven de la pelota. De hacer la pelota, se entiende.
JUAN CARLOS RIVERO