Han aparecido las primeras referencias a los árbitros en Barcelona e inmediatamente han surgido en Madrid voces recriminando su actitud, recordando que no son tan exquisitos. O mejor, que son tan iguales como otros que llevan toda la vida quejándose de los arbitrajes.
Entiendo que hablar de los árbitros –cosa que generalmente haces cuando pierdes- entra dentro de lo natural. Decir que tal penalti no ha sido, o discrepar con una tarjeta forma parte de la historia del fútbol. El presidente del Barça, Sandro Rosell, ha subido el tono con lo de” este año no pinta bien la cosa”.
Ahí sí ha patinado, pero lo que se ha dicho en Barcelona desde otros estamentos del club no puede ser interpretado como una falta de “fair play”. Claro que la rueda gira muy deprisa y sólo 24 horas después de las palabras de Rosell el árbitro le perdonó la roja a su portero en el partido de Copa ante el Valencia. Eso para Rosell seguro que "pintó" muy bien. Que bueno es callarse a tiempo.
Sucede que hay gente en Madrid que lleva tanto tiempo intentando tapar las espantadas de José Mourinho, que están deseando encontrar fisuras en el otro lado para poder decir aquello de se demuestra que todo el mundo es igual, que las quejas son las mismas, y que los “hipócritas” aparecen ahora que las cosas –en la liga de fútbol- no les van tan bien.
Pues no. No es lo mismo quejarse de acciones puntuales que decir que “me daría vergüenza ganar como ganan otros”, o hacer insinuaciones sobre los árbitros de forma permanente, es más, arengar a todo un vestuario para que el mensaje sea unánime en la reclamación de la injusticia arbitral. A mi no me parece mal que los entrenadores y jugadores se quejen con educación de una decisión arbitral. Está en el juego. Cierto que es muy feo censurarlo sólo cuando lo hacen otros, pero hay formas y formas. Y en el reciente Barça no han tocado aún el barro en el que se mueve alguno.
JUAN CARLOS RIVERO