Tve había contratado como comentaristas a Luis Milla y a Ismael Urzaiz para comentar aquella final de 2009. Recuerdo la de historias que me contó Urzaiz sobre amigos suyos y sus peripecias para conseguir entrada y desplazarse a Valencia. En especial la de aquellos amigos que viajaron en coche desde Bilbao. En Valencia uno supo que su mujer se ponía de parto. No lo dudaron, el futuro padre y sus amigos emprendieron viaje de regreso a Bilbao pero ahí no queda la cosa. Una vez comprobado que madre e hijo estaban bien y que todo había ido como la seda ¿sabéis que hicieron? Regresaron a Valencia, otra vez en coche. A más de 600 kilómetros cada trayecto nos salen 1800 para ver la final.
Es sólo un ejemplo de lo que advertí era la final de Copa para los seguidores del Athletic. Que no sólo viajaron con entrada, algunos, miles, lo hicieron sin ella. De tal forma que cuando el autobús del Athletic llegó a Mestalla eran miles y miles de aficionados vascos los que abarrotaban el trayecto. Una vez empezó el partido había tantos seguidores fuera como dentro del estadio. He acudido a varias finales de fútbol, incluidos Mundiales y Eurocopas y jamás había visto nada igual.
Y el comportamiento. Fue ejemplar. Antes, durante y después del partido. Los aficionados del Barça, más acostumbrados a estas cosas, viajaron la mayoría en el día. Los del Athletic se lo tomaron como un viaje turístico. Lo hicieron uno o dós días antes, algunos se quedaron días después. Dentro del campo vibraron con el gol de Toquero que les adelantó en el marcador, luego el Barça fue marcando goles hasta cuatro sin que bajara la guardia de los aficionados del Athletic que aún se quedaron hasta el final y despidieron a su equipo con una atronadora ovación. Ganó un Barça imperial que ese año se adjudicaría todos los títulos en juego, hasta 6. Pero el Athletic, especialmente su afición, dejó un sello muy digno, muy deportivo. Un comportamiento que habla de su grandeza y su tradición. Un club señor, de otra época.
JUAN CARLOS RIVERO