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Artículos - septiembre 2006

# viernes, 15 de septiembre de 2006 9:23

Volver, Alatriste y Salvador, a por el Oscar

Acaba de hacerse público: Almodóvar, Díaz Yanes y Manel Huerga competirán en la carrera hacia el Oscar. El próximo día 28 de septiembre, la Academia de Cine hará público su fallo. Resulta interesante preguntarse cuáles serán sus criterios o, mejor, cuáles deberían ser: ¿debe competir por el Oscar la mejor película española del año? ¿Debe hacerlo, por contra, la que tiene más posibilidades de ganar? Parece ser que, a estas alturas, la Academia ya ha dado pistas acerca de su actitud al respecto incluyendo en la preselección a Alatriste, película definitivamente fallida pero que, por la magnitud de su producción, la notoriedad de su reparto y su proyección internacional --acaba de estar en el festival de Toronto--, podría reclamar la atención de los miembros de la Academia de Hollywood más que, por ejemplo, Azul oscuro, casi negro, sin duda mejor película que la de Díaz Yanes.

 

Si, efectivamente, ése es el criterio, parece claro que la elegida debería ser Volver:  en Hollywod quien más quien menos moja la ropa interior cada vez que oye hablar de Pedroooo!, y el manchego ya ha probado su buena mano con la estatuilla --ya tiene dos--. Además, Volver está muy bien, quizá no tanto como dieron a entender la histeria colectiva provocada en el momento de su estreno y la posterior infignación de la opinión pública cuando volvió de Cannes con dos premios menores bajo el sobaco.

Sin embargo, dado que la Academia del Cine funciona como funciona, dados los vergonzosos culebrones en los que en el pasado se ha visto implicada frente a directores como Garci, Médem y el propio Almodóvar --recordemos que éste la abandonó hace unos años, mosqueado por la falta de apoyo que siente en su propio país--, podría suceder otro desaguisado como en 2003: ganó el Oscar al mejor guión por Hable con ella y la Academia española ni siquiera la había defendido como su candidata a la categoría de Mejor Película extranjera.

 

Así las cosas, no conviene descartar de las quinielas a la película que, a priori, quizá parte como la Cenicienta. Y cuidado, porque Salvador sería una candidata más que competitiva. Por dos motivos: 1. Es una recreación de época impecable, un drama político de ritmo matemático, un experiencia visual llena de hallazgos, cine de acción como nunca antes se ha rodado en nuestro país, una colección de grandes interpretaciones y, en fin, una película estupenda, y 2. No sólo habla no sólo de la lucha contra un régimen dictatorial, sino que también es un alegato contra la pena de muerte. Eso en Hollywood vende mucho. ¿Hipócritas? Sí, lo son.

 ¿Y si Salvador compitiera en la categoría de Mejor Película de Habla no Inglesa y Volver en las categorías de Primera División? Almodóvar estrena en EEUU en noviembre, así que será nominable para las categorías gordas. Personalmente, yo apostaría por que Almodóvar volviera a ser arrinconado por nuestra Academia, que Huerga llegara lo más lejos posible --me cae bien, qué le vamos a hacer--, y que luego Volver se llevara algún premio gordo. Así al menos volvería a quedar clara la necesidad de de un estamento, la Academia, que hace el ridícul cada vez que se hace oír y, de paso, de una Industria que necesita una renovación de base. 

# lunes, 11 de septiembre de 2006 16:46

Luc Besson se retira

Hubo un tiempo en el que Luc Besson era uno de los directores europeos de referencia. Concretamente, entre 1988 y 1997, periodo durante el cual firmó esa cursilada llamada El gran azul (1988), las efectivas Nikita (1990) y El profesional (1994) y la exuberante aunque desenfocada El quinto elemento (1997). Su figura resultaba interesante porque, por aquel entonces, en Europa no se estilaba eso de coger géneros profundamente americanos y darles un barniz europeo. En resumen, el Luc Besson director nunca fue la leche, pero su existencia era algo saludable –además, en su haber figura, antes de esa etapa de esplendor, una rareza la mar de aconsejable llamada El último combate (1983), película en blanco y negro y sin diálogos que le daba una vuelta al tipo de escenario posapocalíptico popularizado por Mad Max.

La noticia de su retirada de la dirección llega siete años después de que una película suya se estrenara en España por última vez –Juana de arco de Luc Besson, vulgar a más no poder--, periodo durante el cual el inefable francés se ha dedicado a producir, como si fueran churros y bajo el sello EuropaCorp, decenas de películas de acción infames y casposas, en las que ya no quedaba rastro alguno de esa voluntad de reinterpretación genérica que lo caracterizó en el pasado, y que, en cambio, la voluntad exclusiva de ganar pasta ofreciendo cine-basura para el consumo inmediato y el rápido olvido. Si exceptuamos algunos títulos de calidad como Alta Tensión y Los tres entierros de Melquíades Estrada, su trabajo como productor lo componen trabajos como Fanfan la Tulipe, la serie Taxi, la serie Transporter, Wasabi, Bandidas, Danny the Dog y Ong-Bak. Queda claro, ¿no?

Así pues, maticemos: Luc Besson se retira, pero no se va. Deja de dirigir películas sólo un par de meses antes de que se estrene en Francia Arthur y los Minimoys, fantasía animada destinada al público infantil en la que los ninjas, los luchadores y demás mamporreros, los gánsters, los ladrones y demás maleantes, dejan paso a los duendes y las ninfas del bosque –a España llegará en navidades--. Pero la churrería del tito Luc sigue abierta. Y sus paredes seguirán acumulando grasa.

# domingo, 10 de septiembre de 2006 23:21

Sobre el palmarés de la Mostra de Venecia

No tendría demasiado sentido tratar de valorar aquí el palmarés de la última edición de la Mostra, más que nada porque no sería correcto hacerlo sin ver antes alguna de las películas premiadas. Además, los palmarés nunca suelen satisfacer más que a los premiados, y para eso están. Para quien no se haya enterado todavía de los premiados, ahí van:



http://actualidad.terra.es/cultura/articulo/leon_oro_mostra_venecia_1077778.htm



De todos modos, no está de más comentar sólo unas cuantas cosillas al respecto. De entrada, que el León de Oro haya ido a parar a Sanxia Haoren, de Jia Zhangke, no debería sorprender demasiado a nadie, porque el director chino ya estuvo a punto de mojar en Berlín con su primera película, Xiao Wu (1997), en Cannes 2002 con Unknown Pleasures y en la propia Mostra hace dos años con Shijie. Ni una sola de sus películas se ha estrenado en España, así de valiente es la distribución en nuestro país, pero Zhangke es, actualmente, el director más prestigioso de toda China, así que tarde o temprano tenía que caerle el premio gordo de algún festival –o no: Almodóvar estaba muy convencido de que este año iba a llevarse la Palma de Oro en Cannes y, en lugar de eso, se llevó un premio por su guión y un monumental cabreo--.

Por lo que respecta a la Copa Volpi a Ben Affleck, la prudencia obliga a no ponerla en duda hasta no haber visto Hollywoodland, pero el caso es que, a lo largo de su carrera, Affleck ha demostrado ser un armario. El tipo luce, es cierto, pero está tan lejos de ser un buen actor como un McPollo de la nouvelle cuisine. Y del premio que le han dado a Helen Mirren sólo cabe decir que esta actriz se merece cualquier cosa que le den, porque, a pesar de que nunca ha sido una estrella, ni lo será, suele ser lo mejor de las películas que interpreta. En Cannes la han premiado dos veces: por Cal (1984) y La locura del rey Jorge (1994). De todos modos, lo malo de papeles como el de la Reina de Inglaterra, o el de Ramón Sanpedro, es que se acaba premiando principalmente la capacidad para la mimesis, la imitación. Seguro que Mirren tiene muchos trabajos mucho mejores que la Reina de Inglaterra por los que en su momento pasó desapercibida. Carlos Latre es un gran imitador y nunca se llevará un premio en Venecia.

# miércoles, 06 de septiembre de 2006 16:56

En la Mostra, las apariencias también engañan

Lo comentó alguien la otra noche, mientras un grupo de amigos chupábamos tele sin demasiado propósito: “Qué ironía –dijo, cuando emitieron la crónica de la Mostra de Venecia--: hay que ver lo sonriente que está y lo feliz que parece el Kowalski éste, y eso que su película la han puesto a parir”. Se equivocó en el nombre –no es Kowalski, como en Un Tranvía llamado deseo, sino Aronofsky--, pero no en el comentario: el director de The Fountain aparecía en imagen, agarrado a su chica –la actriz Rachel Weisz-- con la sonrisa típica de un triunfador, de un tipo contento, aunque está claro que, cuando esas imágenes fueron grabadas, el bueno de Darren ya sabía que la crítica internacional había vapuleado su película, la había abucheado e insultado, e incluso se había echado unas risas a su costa. Pero Aronofsky tenía que mantener la compostura y aparentar que estaba encantado de la vida, porque de eso se trata.

En estos festivales se trata de eso. De engañar un poquito. Seguro que algunos de los periodistas que escupieron a The Fountain entrevistaron al día siguiente a Aronofsky, y seguro que muchos le hicieron la pelota a base de bien. Lo sé porque yo mismo lo he hecho alguna vez, y me temo que volveré a hacerlo, porque esto funciona así. Y Aronofsky será muy amable con esos periodistas, porque él se juega mucho más que ellos con esta película. Por eso la ha llevado a la Mostra de Venecia, que, a su manera, también es un poco estafa. Recuerdo que, hace dos años, Al Pacino asistió a la Mostra para el estreno mundial de su película El mercader de Venecia y al entrar a la proyección –la película empezó como una hora y media tarde--, se dio cuenta de que nadie le había reservado una butaca.

Cuando uno ve por la tele la alfombra roja tan limpia y los seguratas con la cabeza perfectamente rapada al cero, tiende a pensar que estar presente en uno de estos acontecimientos es como ser el mejor cliente de un hotel de lujo. Luego resulta que, al menos si eres periodista, esos mismos seguratas te tratan como si fueras una mierda; que la mayor parte de las proyecciones tienen lugar en el Palagalileo, algo así como un parking mal tapado con un techo de uralita –si te despistas, una paloma puede llegar a cagarte en medio de una proyección--; que te alimentas a base de pizzas recalentadas pero frías porque la cantidad de películas espantosas que tienes que ver cada día no te deja más tiempo; que te pasas el día pedaleando en bici para ir de un lado a otro y, por tanto, sudando como un puerco; que duermes poco, que Venecia está al ladito y no puedes ni acercarte… Trabajar en la mina es más duro y bla, bla, bla, pero los festivales no son lo que parecen. Que se lo digan a Darren Aronofsky.

# martes, 05 de septiembre de 2006 16:59

La Mostra de Venecia y la crítica española

Hay que tener un poco de respeto. Las opiniones son libres, y con ellas pasa como con los culos --todo el mundo tiene la suya--, pero un respeto, por Dios. Ayer se presentó en la Mostra de Venecia No quiero dormir solo, la nueva película de Tsai Ming Liang. Este señor, malayo de nacimiento y taiwanés de adopción, pasa por ser uno de los grandes autores del cine oriental contemporáneo. A lo largo de su carrera, ha ganado un par de osos de plata en Berlín, el León de oro de Venecia y varios premios de la crítica internacional, y festivales del prestigio de Rótterdam y Gijón le han dedicado completísimas retrospectivas. Y resulta que, al margen de todo eso, es un director dotado de una sensibilidad única. El taiwanés tiene un universo personal e intransferible al que se aproxima repetidamente con un estilo recurrente que se basa en largos planos secuencia sin movimiento alguno y ausencia de diálogo. Puede resultar espeso y, si se quiere, difícil, eso sí, pero no hay más que enfrentarse con cierta predisposición a películas como The River, ¿Qué hora es?, Goodbye Dragon Inn o la reciente El sabor de la sandía para comprender que este tío es cosa seria. Si mezcláramos a Jacques Tati y a Robert Bresson, podríamos obtener a Tsai Ming Liang.

Pasa una cosa curiosa: entre una parte de la crítica española este director no gusta nada. Es más, lo odian. Les da asco. Coincide, además, que es la crítica que monopoliza la información que estos días aparece en la prensa escrita española. Podríamos hablar de ellos, de su nociva reticencia a toda narrativa que no responda a los patrones clásicos, y de cómo, a base de asistir durante décadas a decenas de festivales, han llegado a cansarse. No les interesa casi nada. Si les quitas a Eastwood y a Woody Allen, para ellos el cine es una mierda. Y, por supuesto, el cine asiático es una patraña, cuando, y pese a que con el tiempo ha quedado claro que no es oro todo lo que reluce en Oriente, las cinematografías japonesa, coreana, taiwanesa, tailandesa o iraní parecen mucho más preparadas que la europea para dar un poco de vidilla al panorama cinematográfico mundial. Pero no hablemos de ellos. Ni siquiera los mencionaremos. Sólo recogeremos lo que hoy han publicado acerca de la nueva película de Tsai Ming Liang:

El País: “Un alud de memez y pedantería… “se eleva a las más altas cimas del ombliguismo onanista”.

El Mundo: “No voy a calificarle de engañabobos ya que siento mucho respeto por los disminuidos mentales”.

ABC: “Por favor, ya basta, esto es insoportable…”

Tsai Ming Liang no tiene por qué buscarles, maldita sea. Las opiniones, como decíamos, son como los culos. Pero es que siempre estamos igual. Si les hablas de Terry Gilliam, les dan arcadas; si mencionas a Spike Jonze o a Wes Anderson, les sale espuma por la boca; si se te ocurre mencionar a Gaspar Noé o Bruno Dumont, pueden llegar a pegarte. Todo lo que se salga de la convención es lo peor. Y no sólo llaman “disminuido mental” a Tsai Ming Liang, a los jurados de Berlín y Venecia, a los equipos organizadores de Rotterdam y Gijón y a la crítica internacional que sí da argumentos serios para analizar la obra del taiwanés. También insultan a muchos espectadores, y seguro que también a unos cuantos de sus lectores. En fin.
# viernes, 01 de septiembre de 2006 12:34

Mostra de Venecia

Dado que, en los últimos años, el nivel de la competición de la Berlinale se ve limitado por la pretensión de sus organizadores de convertir el certamen en adalid de causas, compromisos y denuncias políticas y/o sociales; que el festival de Cannes, encantado e ostentar el título de Catedral del cine de autor, depende en demasía de que sus cineastas protegidos estén a la altura o, simplemente, estén; y que el de San Sebastián, pese a que sobre el papel comparte la Primera Categoría con los tres grandes festivales de cine del mundo, no está a la altura, es la Mostra de Venecia el que parece más en forma de todos ellos –lo cual no hace sino empeorar la situación del de Donosti, dada la proximidad de ambos certámenes en el calendario: el uno le pisa la programación a otro--. Está claro que la Mostra parece haber encontrado la fórmula del éxito: combinar cine de Hollywood y cine de autor, glamour en la alfombra roja y prestigio cinéfilo, fotos en las portadas de los diarios y análisis sesudos en las páginas de Cultura. De alguna manera tenía que notarse que un tipo como Marco Muller, productor de algunos de los grandes títulos del cine oriental reciente –precisamente el que más de moda ha estado en la última década en el circuito de festivales--, se hiciera cargo en el 2004 de la dirección de la Mostra.

De la ambivalente selección cinematográfica que Muller acostumbra a reunir es buen ejemplo lo que han dado de sí las dos jornadas y pico que lleva en marcha su última edición: de entrada, abrió la muestra The Black Dahlia, cine negro típicamente americano firmado, eso sí, por uno de los últimos autores de Hollywood, Brian de Palma –marginado por la industria, además, a causa de su talante insobornable--, pero, a la vez, protagonizado por una de las estrellas con más tirón, Scarlett Johansson --por cierto, fue en Venecia donde la actriz, gracias a Lost in Translation, empezó a triunfar de verdad--.

Desde entonces, el equilibrio entre Arte y Marketing ha sido perfecto: ayer mismo, se presentó, por un lado, Sang Satawat, la nueva película del tailandés Apichatpong Weerasethakul, que tras presentar en Cannes hace dos años la experimental Tropical Malady se ha convertido en todo un hype dentro del sector; por otro lado, Hollywoodland, un thriller de título bastante ilustrativo en el que participan Adrien Brody y Ben Affleck; y, en medio, Infamous, película indie americana que se acerca a la figura del escritor Truman Capote y que, por motivos obvios, llega un año tarde.

¿Y hoy? Hoy pasarán por el Lido tanto el austriaco Paul Verhoeven, un autor extremadamente personal –El cuarto hombre—que tampoco le hace ascos al cine más comercial –Instinto básico--, y Mahamat Saleh Haroun, que, para entendernos, hace cine en el Chad. En fin, de todo un poco.
# viernes, 01 de septiembre de 2006 12:27

Muere Glenn Ford

El miércoles pasado murió Glenn Ford. Durante tres o cuatro días –ni siquiera—se recordarán en la prensa sus 60 años de carrera y sus grandes momentos en películas como Gilda, Cimarrón o Los sobornados. Las televisiones le dedicarán minutito y medio en el telediario del mediodía, recuperarán alguna de sus películas, y poco a poco quien más quien menos volverá a olvidarse de él. Porque ninguna de las películas de Ford aparecerá nunca en las listas de las 10, 15 o 20 mejores de la historia, ni él mismo en un ránking de los 10, 15 o 20 mejores actores. Por eso, posiblemente, su muerte haya sido la última oportunidad que se nos da para acordarnos de que este tipo fue uno de los valores más seguros del Hollywood clásico. Sencillamente, no fallaba: sabía hacer reír como nadie –en Un muerto recalcitrante o La casa de té de la luna de agosto—y lograr que un justiciero sin escrúpulos pero con un intachable código de honor –su personaje en Los sobornados—inspirara toda la ternura del mundo cuando, con lágrimas en los ojos, recordaba la vida que compartió con su difunta esposa. No era ni alto ni guapo, pero triunfó como galán; no tenía el empaque de un tipo duro, pero ejerció de tal en un montón de westerns. Dio el pego como hombre esencialmente bueno, en Superman, o como tahúr sin escrúpulos en Gilda, donde, además, le giró la cara a Rita Hayworth de un drive perfecto, por el que no sólo quedó impune, sino que pasó a la historia del cine. Inténtelo usted ahora, y verá.
# viernes, 01 de septiembre de 2006 12:19

Tom Cruise

 

Demos por inaugurado este blog planteando la siguiente pregunta: ¿Ha tocado fondo Tom Cruise finalmente? Ahora que acaba de presentar en sociedad las heces de su hija recién nacida, el primer árbol plantado por un bebé al que nadie ha visto –eso sí, convertido en una estatua de bronce que demuestra la asombrosa capacidad renal de la pequeña Suri--, ¿se puede caer más bajo? Si parece una pregunta con trampa, es porque tal vez lo sea. Porque es que con Cruise nunca se sabe: ¿Pensábamos que podia caerse más bajo después de que le diera el tembleque encima el sofá de Oprah Winfrey? Seguro que ni el más intrépido imaginaba que aquello era sólo el principio del fin. ¿Y cuando se dedicó a meterle mano y lengua a la pobre Katie Holmes –ella no tiene la culpa: seguro que no sabía dónde se estaba metiendo cuando aceptó participar en todo este tinglado— siempre que había un fotógrafo por ahí cerca? ¿Y cuando montó el número en un programa televisivo de entrevistas, al insultar al conductor del mismo por defender la psiquiatría y calificar esa ciencia de nazi? ¿Y cuando se dedicó a usar los actos promocionales de La guerra de los mundos para hacer propaganda de su secta? ¿Y cuando dijo que se comería la placenta de su nueva hija? Por cierto, ¿y si no existiera esa tal hija? El embarazo de Katie Holmes parece haber sido uno de los más extraños que la medicina recuerda.


Las malas lenguas afirman que Holmes podría haber sido sometida a un lavado de cerebro, o coaccionada para casarse con Cruise y promover así la cienciología. También se habló de que quizá había firmado un contrato de 5 años, por un valor de 8 millones de dólares, para ayudar al actor a mantener la supuesta farsa que ya construyó junto a Nicole Kidman, primero, y Penélope Cruz, después, y contrarrestar así los rumores acerca de su sexualidad.

El caso es que Tom Cruise se está jugando seriamente su estatus en Hollywood. Tras haber alcanzado uno de los grados más elevados dentro de la jerarquía de la iglesia de la Cienciología –una ¿religión, negocio, secta? que defiende que los humanos llegaron por primera vez a la Tierra desde el espacio hace 75 millones de años, y que enseña a sus miembros a comunicarse con animales, plantas y objetos inanimados--, Cruise parece haber empezado a dar más importancia a la captación de adeptos que a llas normas de comportamiento de las estrellas de Hollywood. Por esa razón la Paramount lo ha puesto de patitas en la calle , y también por eso funcionó tan mal en taquilla la estupenda Misión Imposible 3, película en la que, por cierto, personaje y actor se confunden como nunca antes lo habían hecho hasta ahora: Ethan Hunt lucha para defender el mismo ideal de familia tradicional que Cruise lleva meses interpretando ante el mundo, y tanto uno como el otro han hecho de las falsas identidades y las máscaras su modo de vida. De todos modos, ¿convertiría el héroe de Misión Imposible la mierda de su hija en una escultura de bronce? ¿Se puede caer más bajo?

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