
Hay que tener un poco de respeto. Las opiniones son libres, y con ellas pasa como con los culos --todo el mundo tiene la suya--, pero un respeto, por Dios. Ayer se presentó en la Mostra de Venecia No quiero dormir solo, la nueva película de Tsai Ming Liang. Este señor, malayo de nacimiento y taiwanés de adopción, pasa por ser uno de los grandes autores del cine oriental contemporáneo. A lo largo de su carrera, ha ganado un par de osos de plata en Berlín, el León de oro de Venecia y varios premios de la crítica internacional, y festivales del prestigio de Rótterdam y Gijón le han dedicado completísimas retrospectivas. Y resulta que, al margen de todo eso, es un director dotado de una sensibilidad única. El taiwanés tiene un universo personal e intransferible al que se aproxima repetidamente con un estilo recurrente que se basa en largos planos secuencia sin movimiento alguno y ausencia de diálogo. Puede resultar espeso y, si se quiere, difícil, eso sí, pero no hay más que enfrentarse con cierta predisposición a películas como The River, ¿Qué hora es?, Goodbye Dragon Inn o la reciente El sabor de la sandía para comprender que este tío es cosa seria. Si mezcláramos a Jacques Tati y a Robert Bresson, podríamos obtener a Tsai Ming Liang.

Pasa una cosa curiosa: entre una parte de la crítica española este director no gusta nada. Es más, lo odian. Les da asco. Coincide, además, que es la crítica que monopoliza la información que estos días aparece en la prensa escrita española. Podríamos hablar de ellos, de su nociva reticencia a toda narrativa que no responda a los patrones clásicos, y de cómo, a base de asistir durante décadas a decenas de festivales, han llegado a cansarse. No les interesa casi nada. Si les quitas a Eastwood y a Woody Allen, para ellos el cine es una mierda. Y, por supuesto, el cine asiático es una patraña, cuando, y pese a que con el tiempo ha quedado claro que no es oro todo lo que reluce en Oriente, las cinematografías japonesa, coreana, taiwanesa, tailandesa o iraní parecen mucho más preparadas que la europea para dar un poco de vidilla al panorama cinematográfico mundial. Pero no hablemos de ellos. Ni siquiera los mencionaremos. Sólo recogeremos lo que hoy han publicado acerca de la nueva película de Tsai Ming Liang:
El País: “Un alud de memez y pedantería… “se eleva a las más altas cimas del ombliguismo onanista”.
El Mundo: “No voy a calificarle de engañabobos ya que siento mucho respeto por los disminuidos mentales”.
ABC: “Por favor, ya basta, esto es insoportable…”
Tsai Ming Liang no tiene por qué buscarles, maldita sea. Las opiniones, como decíamos, son como los culos. Pero es que siempre estamos igual. Si les hablas de Terry Gilliam, les dan arcadas; si mencionas a Spike Jonze o a Wes Anderson, les sale espuma por la boca; si se te ocurre mencionar a Gaspar Noé o Bruno Dumont, pueden llegar a pegarte. Todo lo que se salga de la convención es lo peor. Y no sólo llaman “disminuido mental” a Tsai Ming Liang, a los jurados de Berlín y Venecia, a los equipos organizadores de Rotterdam y Gijón y a la crítica internacional que sí da argumentos serios para analizar la obra del taiwanés. También insultan a muchos espectadores, y seguro que también a unos cuantos de sus lectores. En fin.