
Hacerse mayor es lo que tiene. Con 39 ediciones a sus espaldas, el festival de Sitges ya no es sólo ese avispero de ‘freaks’ que, hasta hace unos años, llenaba cada octubre el Garraf catalán de camisetas de
La matanza de Texas y acné supurante. Ya no tiene ese punto amateur que permitía a la organización celebrar proyecciones infames en pantallas de televisión –eso pasaba, de verdad--, ni tiene que hacer juegos malabares para armar una programación pujante, ni necesita que los fans más tarados del género se disfracen de trekkie o de Princesa Leia para dar un poco de colorido al evento. Hoy el certamen es uno de los más importantes de cine fantástico y de terror del mundo, y el colorido no lo dan los ‘freaks’, sino
Quentin Tarantino,
David Cronenberg,
Guillermo del Toro o
Paul Verhoeven. El festival ha encontrado una fórmula de la que tarde o temprano deberán tomar ejemplo otros certámenes nacionales si no quieren morir de asco: mantener su identidad ofreciendo cine de género para los puristas, y avanzar algunos de los estrenos más comerciales del otoño para que el gran público visite el festival y se sienta cinéfilo durante unas horas.

Respecto a lo que ha podido verse este año, de todo y para todos los gustos. Inauguró Guillermo del Toro con esa absoluta maravilla llamada
El laberinto del fauno –no basta con verla una vez: uno se queda con ganas de más, y más--,
Richard Linklater presentó su particular visión del universo de
Philip K. Dick y del cine de animación rotoscópica en la peculiar y muy carnosa, aunque de digestión algo pesada,
A Scanner Darkly, y
Darren Aronofsky provocó las carcajadas más sonoras con esa estupidez new age llamada La fuente de la vida –lo mejor que se puede decir de ella es que sólo dura hora y media--. El cine oriental demostró que sigue en plena forma gracias a los magníficos trabajos de
Johnnie To –posiblemente el director de Hong Kong más en forma actualmente--, los coreanos
Kim Ki Duk y
Bong Joon Ho –que presentó The Host, un exuberante delirio con monstruo mutante inspirado en el lago Ness y los encierros de San Fermín (lo dijo el propio director)--, y una necesaria retrospectiva dedicada al japonés
Kiyoshi Kurosawa.
Verhoeven aterrizó en Sitges con su nueva película,
Black Book, bajo el brazo, y demostró no sólo que sigue sabiendo entretener al público como pocos –aunque que nadie espere grandes hallazgos en el filme--, sino que es un señor encantador y más listo que el hambre.
Michel Gondry confirmó con
La ciencia de los sueños lo que ya había demostrado con
Olvídate de mí: que sabe plasmar en imágenes como nadie ese territorio tan extraño como fascinante que nuestras mentes visitan cuando dormimos. Un delicia de la artesanía animada, de veras.
Daniel Monzón fue aplaudido con
La caja Kovak,
Joe Dante presentó su serie televisiva
Masters of Horror –episodios dirigidos por
John Carpenter,
Stuart Gordon,
Don Coscarelli…-- y, de paso, dio tres o cuatro lecciones acerca de qué es eso del cine de terror… Ha habido de todo. El festival está de enhorabuena.
Sólo una pequeña reflexión: la estrategia de diversidad de la muestra es tan bestia que, de hecho, se les va un poco la mano. Esto ya lleva pasando desde hace unos años. Echando un ojo a lo que se ha programado en la última semana, es posible detectar hasta cinco secciones oficiales de largometrajes y otra más de cortos, seis retrospectivas –
David Lynch, Jodorowsky, Fleischer…, otra sección paralela más de cine de animación –Anima’t--, otra más de selecciones de otros festivales –Seven Chances--, y un montón de cosas más. Eso no beneficia a nadie: abruma al público, agota a la prensa y obliga a la organización a incluir en el cartel películas mediocres o directamente infames sólo porque hay que tapar huecos. Ser más grande no significa necesariamente ser mejor. Los mejores festivales son aquéllos conscientes de sus propias dimensiones.