El otro día falleció Perry Henzell. A muchos quizá el nombre ni siquiera les suene, pero Henzell se convirtió en cineasta de culto absoluto y nombre habitual en las sesiones golfas cuando estrenó The Harder They Come –en España se tradujo como Caiga quien caiga, pero sigue siendo más conocida por su título original--, la primera película rodada jamás en Jamaica y, aún hoy, la más taquillera. Además, The Harder They Come vendría a ser para el reggae lo que Quadrophenia fue para el movimiento mod o La gran estafa del rock ‘n’ roll para el punk: un manifiesto, una Biblia, un santo y seña. Verla hoy requiere predisposición, pero sigue siendo una curiosidad bastante entrañable. Y, por encima de todo, es una cult movie como la copa de un pino, no menos que El topo, de Alejandro Jodorowski, The Rocky Horror Picture Show, Pink Flamingos o Cabeza borradora.
Perry Henzell pensó en el cantante local Jimmy Cliff para recrear la historia real de Ivan Rhyging, una especie de Robin Hood del guetto de Kingston que fue tiroteado por la policía en 1948. Inspirado por películas como La batalla de Argel, de Gillo Pontecorvo –también fallecido recientemente--, tardó en rodarla unos tres años, porque lo hacía en sus ratos libres, porque varios de los miembros del reparto se le fueron muriendo durante ese periodo y especialmente porque no tenía más dinero que el que le prestaron sus parientes y amigos.
Pero hubo otro inversor. Se llamaba Chris Blackwell, y era el jefe de Island Records. Blackwell era un tipo listo: cuando quedó claro que la película era un auténtico fenómeno en Jamaica –su interés iba a tardar un tiempo en extenderse a Londres y, de ahí, vía cine-clubs, al resto del mundo occidental--, se sacó de la chistera a un joven cantante que, unos años después, se convertiría en embajador del reggae alrededor del planeta. Sí, Bob Marley. Posiblemente, Marley no habría llegado a ser Marley sin The Harder They Come, entre otras cosas porque no hay más que comparar sus primeros trabajos con la banda sonora de la película para comprobar cuánto se inspiró en ella, en ese disco que a principios de los años 70 sonaba en las fiestas más cool de Nueva York y que preparó al público de todo el mundo para la posterior llegada de Marley.
Por supuesto, Hezell no obtuvo oficio ni beneficio de todo el revuelo causado por su película y de la tajada sacada por el tal Blackwell. No participó del pastel económico. No logró tener una carrera cinematográfica. Ni siquiera logró notoriedad. Durante muchos años, vivió en la bancarrota. Hace una década, trató de sacar adelante una secuela de su gran éxito, pero se peleó con Jimmy Cliff y todo se fue al garete. Así se ha ido a la tumba el bueno de Perry: con un cáncer, un montón de deudas y, seguro, un canuto gigantesco en la boca, a medio fumar.