Es la historia de todos lo años, llegadas estas fechas la cartelera adquiere un tono festivo-pasteloso que a algunos fascina y a otros ahuyenta. Así es, ya tenemos entre nosotros la brillante y chispeante, a la par que sospechosa, estampa de la cartelera navideña. Lo que llama la atención este año es el volumen de material sensible(ro) que se ha concentrado y que va a seguir aumentando en las pantallas de cine de medio mundo. Hasta ¡11! entregas de alto voltaje sentimental fabricadas para hacer picar a las familias despistadas que acuden en masa a las salas en estas fechas tan señaladas. Cualquier alternativa es buena para escapar del panorama característico: niños correteando y chillando por los pasillos de casa.
La oferta parece diversa: tiernuchas historias animadas llegadas de Francia (Arthur y los Minimoys), Australia (Happy Feet) o Argentina-España (Pérez, el ratoncito de tus sueños); oportunistas revisiones de historias bíblicas (Natividad); comedias made in USA, los auténticos maestros del asunto (Santa Claus 3: por una navidad sin frío), entre muchas otras. El problema y la confusión surgen si escarbamos un poco en el corazón y el bolsillo de estas películas, auténticas paradojas hechas de celuloide. Por una parte, partimos de que son películas que ensalzan los valores familiares, de hermandad y solidaridad entre los humanos, mientras a la vez, está claro que nos hayamos ante productos prefabricados para embobar y abducir a grupos familiares de más de tres individuos, con los bolsillos bien llenos y con ganas de dejarse el sueldo en palomitas y bebidas burbujeantes. En qué quedamos entonces: ¿Cine humanista o sablazo consumista? ¿Evasión festiva o inmersión en la máquina “fabrica-billetes” de la industria del cine?
La cosa se pone aún más fea si nos paramos a evaluar la calidad de lo que nos pretenden endosar como diversión navideña. Este año parece especialmente crítico. Comparemos, por ejemplo, un producto como Eragon con el hit navideño equivalente de hace tres años: la tercera entrega de El señor de los anillos, El retorno del rey. Podría decirse que mientras la película de Jackson despliega de forma prodigiosa una potente aventura con personajes y temas tratados con profundidad dramática, Eragon es una película-fórmula que no termina de funcionar por ningún lado. La ecuación: Origen literario + Magia + Luchas de poder entre el bien y el mal + Secundario de lujo (Irons, Malcovich, Rachel Weisz). ¿El resultado? ¿Puede funcionar una película como una suma matemática de ingredientes? ¿Dónde se sitúa el talento en esta concepción jeroglífica del cine?
Hace años no tantos años no era extraño encontrar interesantes películas navideñas, desde Los fantasmas atacan al jefe (1988) con Bill Murray, hasta Pesadilla antes de navidad (1993) de Tim Burton, pasando por Bad Santa (2003), con un delirante Billy Bob Thornton. ¿Todo tiempo pasado fue mejor? ¿No hay lugar ya para un poco de mala leche en el cine navideño?