Uno de los grandes placeres del comentarista cinematográfico es dar con aquella película que tras los laureles y celebraciones unánimes de gran parte de la crítica esconde las miserias, engaños y mentiras más flagrantes de su director, su cine y su tiempo. Y esa película es Babel, último ejercicio de manipulación fílmica a cargo de ese iluminado llamado Alejandro González Iñárritu. En su último canto fúnebre por la salvación del alma humana, Iñárritu se sube en un pedestal divino y desde allí reparte desdicha y dolor entre los habitantes de su universo de culpa y redención. Embriagado de ambición y desde su óptica paternalista, el director mexicano pretende que nos creamos que el sufrimiento de una pareja de americanos de turismo por Marruecos (Brad Pitt y Cate Blanchett), una adolescente japonesa en pleno desorden adolescente, una pobre mujer mexicana y unos traviesos niños marroquíes forman parte de una única cadena de desgraciados sucesos alimentada por la incomunicación.
Lo que no comprende Iñárritu es que esas sincronías y conexiones sólo existen en su mente y en la de su cómplice, el guionista Guillermo Arriaga. Forzando hasta límites insospechados los lazos de unión entre las historias, haciendo caso omiso de correspondencias temporales, el dúo de artistas inventa esta sinfonía del dolor que pretende denunciar las injusticias del mundo pero que termina encubriendo, mediante la falsa cadena de acontecimientos (la idea de un mundo sincronizado), las auténticas desigualdades y desequilibrios entre unas naciones que se ignoran y se dan la espalda. El mundo para Iñárritu es una única torre multilingüe, dolorosa y grotesca, una idea simplista y falsa de la realidad.
Siempre tras la imagen de impacto (se lleva la palma la de los niños armados) y el acoso a la sensibilidad del espectador, Iñárritu mete mano en todos los tópicos habidos y por haber en lo referente a las culturas que retrata: japoneses fríos y distantes, mexicanos alegres y festivos, americanos prepotentes... todo en el mismo saco, bien atado y mal agitado, listo para sentar cátedra y adoctrinar al personal acerca de lo mal que van las cosas. Iñárritu prefiere tener al espectador anestesiado con su carrusel de sufrimiento que permitirle una reflexión serena y honesta, prefiere las irreales conexiones de causa-efecto a la realidad de un mundo terriblemente escindido, prefiere las explicaciones de parvulario a una meditación más serena y madura.
Como un elefante en una cristalería, Iñárritu se pasea por los territorios del melodrama con muy poco autocontrol y sobrado de autoindulgencia. Parece tan convencido en su papel mesiánico que parece difícil imaginar hasta donde puede llegar con su exorcismo planetario. De momento, parece que gran parte de la crítica, los festivales y las academias del mundo le siguen la corriente. ¿Merece toda esa atención? ¿Es el vendaval Iñárritu imparable?