Sobre el papel, la historia original en la que Dreamgirls se basa --el montaje musical que se estrenó en Broadway en 1981 y que se mantuvo én escena con éxito durante cuatro años-- tomó como modelo a Berry Gordy, fundador de Motown y creador de las Supremes, que a lo largo de los 60 fue arrinconando dentro del grupo a Florence Ballard a favor de Diana Ross, más bonita, estilizada y hábil para conectar con las audiencias blancas --Ballard ´murió en 1976, borracha y depresiva perdida--. El Gordy de Dreamgirls se llama Curtis Taylor. Dándole vida, Jamie Foxx (Collateral, Ray)demuestra por qué a los grandes no les importa interpretar al malo de la película.
Podríamos definir a Curtis Taylor como un malnacido. ¿En quién se inspiró para construirlo?
Sí señor, Curtis es un hijo de perra, y me inspiré en cada uno de los ejecutivos del mundo del cine, la televisión y la música que me he cruzado en los últimos años. Curtis es un mero producto de la industria. Es un villano, sí, pero estoy seguro de que ninguno de los mandamases del negocio de la música lo considerará como tal. Lo verán como una especie de Mesías, un tipo capaz de preservar el negocio, de crear estrellas.
¿Ellos querrían ser como Curtis?
Claro, porque, como comprendí cuando saqué mi segundo disco, Unpredictable, la industria discográfica está muerta. Lo que vende ya no es la música, sino las estrellas. Las canciones no tienen valor. Vende Beyoncé, no sus canciones, aunque sean fantásticas. Las descargas a través del ordenador han acabado con el negocio.
¿Existe gente como Curtis Taylor en Hollywood?
¿Bromeas? Ya lo creo. Hoy en día, los actores ya no son conocidos por sus personajes, sino por su imagen pública, por los niños del Tercer Mundo que apadrinan. Me siento agredido por ello, porque yo quiero interpretar papeles que desafíen mi imagen pública e incluso mi propio ego. Tras ganar el Oscar por Ray, sentía como si todo brillara a mi alrededor. Me sentía asquerosamente reluciente, así que, para romper con eso, me embarqué en una gira a lo largo de mi país, actuando como monologuista en pequeños clubs. E interpretar a Curtis también me sirve para ello, para reivindicar mi derecho a seguir interpretando, y no limitarme a escoger papeles que pueda interpretar con el piloto automático.
Después de ganar el Oscar, eso habría sido lo más fácil.
Así es. Cuando te dan un Oscar, alguien se acerca a ti y te dice: “Ha llegado tu momento. Vas a interpretar al héroe, al tipo que corre más rápido que nadie y que golpea y mata más y mejor que nadie, el guaperas al que quieren todas las mujeres. Vas a salvar el mundo, Jamie”, y yo no quiero nada de eso, no es mi trabajo. Lo peor del mundo es soportar el peso de una película sobre tus hombros, porque esa presión no favorece en nada al personaje que estás interpretando. Al principio de mi gira como monologuista, mi manager solía decirme, “no hagas chistes guarros, practica el humor fino, tienes un Oscar”, hasta que un día, antes del show, le animé a que echara un vistazo al público: eran tipos con dientes de oro, que fumaban marihuana. Ése es el público que más me gusta.
Sin embargo, ése no es el público de películas como Ray o Dreamgirls, por muy afroamericanas que éstas sean.
No, pero estas películas hacen mucho por la comunidad afroamericana, porque, y ahora voy a hablar un poco como mi personaje, demuestran que hay negocio en ello, y está claro que para mi gente es bueno formar parte del negocio. Ahora todo el mundo quiere rodar películas de este tipo. De lo que proveen Ray y Dreamgirls es de una fórmula de éxito.
¿Y qué pasará si todas las historias afroamericanas son biopics ambientados en la escena musical?
Bueno, eso sería fantástico, porque hay un montón de historias apasionantes sobre la música negra que todavía están por contar. Lo importante no es de qué tipo son las películas que vayas a hacer, sino que las hagas bien. El día que alguien se atreva a contar la historia de Marvin Gaye, prepárate, porque eso sí que va a ser grande.