La carretera como pasadizo al interior del alma humana, como abismo asfaltado en el que, ante la visión del horizonte, cabe encontrar la verdad, si la hay, de la propia identidad. Sobre esta premisa poética se construyeron las bases de uno de los géneros cinematográficos más genuinamente americanos: la road movie. La películas de carretera dan lo que prometen: asfalto, movimiento motorizado y figuras humanas que hallan en ese tránsito, tan físico como espiritual, una forma de revelación acerca de sí mismas. En particular, la road movie, a través de sus referentes icónicos (Easy Rider el primero), ha servido para retratar, en diferentes momentos de la historia, diferentes conflictos sociales, siempre reducidos hasta la abstracción y convertidos en puro movimiento sobre ruedas. Espacio para la rebeldía y la contracultura, la carretera ha sido en muchas ocasiones un refugio privilegiado para seres marginados. La carretera como patria de los desplazados, de los que no encuentran el sentido de la vida en sociedad, de los que prefieren vagar por la jungla de asfalto antes que someterse a las leyes de una sociedad que no los comprende.
Y las carreteras más recorridas por el género han sido, como no, las norteamericanas, casi siempre rodeados por desérticos paisajes y pueblos de mala muerte. En ese espacio desértico, en el que las figuras humanas se reducen a diminutos perfiles esculpidos en la inmensidad del paisaje, emerge la naturaleza primitiva y genuina de la existencia humana. Así son los individuos y paisajes que habitan la película Paris, Texas del alemán Wim Wenders, fascinado durante años con el desierto norteamericano. También hay mucha carretera en películas del periodo clásico como Las uvas de la ira de John Ford, aunque no suele ser considerada una road movie en un sentido estricto. De hecho, el género se conformó definitivamente como tal cuando, en los años sesenta, surgieron las dos películas que definirían sus reglas de funcionamiento: Easy Rider de Dennis Hopper, con Peter Fonda y Jack Nicholson, y Bonnie and Clyde de Arthur Penn, con Warren Beatty y Faye Dunaway.
A partir de ahí, como en todo gran género, fueron apareciendo diversas variaciones, aunque siempre conservando el punto de rebeldía y el proceso de autoconocimiento que conllevan los viajes motorizados de estas películas. Así, encontramos grandes clásicos como
Carretera Asfaltada en dos direcciones (1971) de
Monte Hellman, en el que el género tocó el cenit de su vertiente más fetichista y nihilista. Mientras en un periodo más moderno, la carretera sirvió para que Oliver Stone cargara tintas contra los medios de comunicación en
Asesinos Natos, o para que David Lynch se entregara a sus impulsos más oníricos (en
Corazón Salvaje) y clásicos (en
Una historia verdadera).

Todavía en los noventa, la chicas se apoderaron del género gracias a
Thelma y Louise de Ridley Scott, mientras que el Hollywood más ñoño también se lanzaba a la carretera con
Rain Man. Para encontrar resquicios de la antigua rebeldía que caracterizó al género hay que bucear hasta encontrar propuestas travestidas como
Priscilla, reina del desierto. Más recientemente, la road movie ha regresado a través de varias películas muy heterogéneas. Desde la adolescente
Y tu mamá también hasta la madura
Flores rotas, pasando por
The Brown Bunny de Vincent Gallo, quizás la única que aún conserva el signo contracultural de los orígenes del género. Ahora llega a nuestras pantallas
Cerdos Salvajes, en la que John Travolta se lanza a la carretera con un grupete de colegas, que descubrirán ser ya un tanto veteranos para la vida motera. La road movie revisitada en clave de comedia.