Ya casi no nos acordábamos de a qué se dedica Angelina Jolie, qué hace para poder seguir manteniendo su estatus de estrella –no estrella de cine, estrella a secas—y poder así seguir vendiendo revistas del corazón y adoptando niños pobres y seguir teniéndonos a la espera de su primer libro de cuentos o su debut como cantante, o su línea de perfumes o Dios sabe qué majadería. Pero Angelina Jolie es actriz, y hoy lo ha demostrado en Cannes con uno de los mejores trabajos interpretativos de su carrera. Es cierto que eso no significa gran cosa, al menos de momento.
Jolie es la protagonista de, A Mighty Heart, la última película de Michael Winterbottom, un director empeñado últimamente en seguir removiendo toda la mierda que ha dejado tras de sí el 11-S. El año pasado se llevó un premio en Berlín cagándose en Bush en El camino a Guantánamo, y ahora les toca recibir a sus enemigos. La película cuenta los últimos días de vida de Daniel Pearl, periodista del Wall Street Journal secuestrado hace cinco años en Pakistán y que acabó decapitado por sus captores. La actriz interpreta a su sufrida y estoica mujer, también periodista –para estar más creíble, aparece peinada a lo progre--. La película, que no compite por la Palma de Oro, es correcta sin más. Sigue con brío pero sin excesivas sorpresas las investigaciones de la policía, la embajada yanqui y la propia esposa para recuperar al secuestrado, y ese sentido del ritmo hace que, por momentos, no se entienda un pijo cómo se establecen las deducciones que acaban llevándonos hasta el cerebro de los malos.
Pensándolo bien, Jolie no hace mucho más que poner cara de preocupación y, llegado el caso, berrear y llorar. Olvidemos lo de que es una de sus mejores interpretaciones. De todos modos, no importa. Hoy ha estado haciéndose fotos en la Croisette con Brad Pitt, que produce la película, y ya le ha garantizado al festival un montón de portadas. La fábrica de dólares Branjolie sigue funcionando de a todo trapo.
Hoy también se ha presentado Paranoid Park, la nueva película de Gus Van Sant, sobre el homicidio de un agente de seguridad a manos de un skater. En cualquier caso, la historia es lo de menos: Van Sant hizo su mejor película, Elephant, hace cuatro años –ganó la Palma de Oro con ella, nada menos--, y desde entonces se ha dedicado a repetirse como el ajo, como queda demostrado tanto en Last Days, que proto se estrena en Madrid, como en esta última: mucho travelling a cámara lenta, mucha poesía visual y, por supuesto, la misma fascinación que cerdete de Van Sant ha sentido siempre por los efebos. Que le gustan los jovencitos, vamos, y utiliza la cámara para sobarlos. Aquí cada uno tiene sus perversiones.
De hecho, como ya comenté ayer, hay gente que se lo monta con caballos, y así lo demuestra Zoo, documental que recrea el caso de un tipo que murió desangrado porque un caballo le perforó el colon con su kilométrica verga. En realidad, el tipo no jugaba solo: formaba parte de un grupo de amantes de equinos que, cada sábado, a las afueras de Seattle, se reunían para pillar cogorzas y luego, al final de la noche, como fin de fiesta, montaban orgías en los establos. La cosa suena escabrosa, y lo es, pero el documental, en cambio, apuesta por un enfoque tremendamente sobrio, y la increíble belleza de sus imágenes, de sus paisajes, de su observación de la naturaleza, te hacen olvidar por momentos cuánto debe doler una vara tamaño familiar penetrada en tu intestino. Estos tipos estaban faltos de cariño, no hay duda, y queda claro cuando uno de ellos hace declaraciones del tipo: “No había nada malo en lo que hacíamos. Se trataba de una relación inteligente con otro ser inteligente que está encantado de participar en ella”. No se demostró que los caballos estuvieran encantados, aunque tampoco que fueran forzados a tener sexo. A los caballófilos se le acusó de maltratos, pero ¿no es más maltrato castrar a tu perro, o tenerlo encerrado en casa, o ponerle ropitas cursis para salir de paseo?
Dentro de un rato empieza Death Proof, la mitad de Grindhouse dirigida por Tarantino. Hasta mañana.