
El festival de Cannes va tan sobrado que se puede permitir cosas como ésta: mientras el grupo de estrellas arrogantes y encantadoras formado por
Clooney, Pitt y compañía se dedicaban a poner burra a una mitad de la prensa acreditada, la otra mitad ha asistido a unas
Lecciones de Cine de la mano de Martin Scorsese. Durante hora y media, el director estuvo reflexionando acerca de su carrera y de su concepción del cine. Algo interesantísimo, de verdad. El tipo es un genio. Habla a toda hostia --con esa voz suya que es igualita a la que se te queda cuando te tragas un lingotazo de helio y que, según cuenta, es el recuerdo de la medicación contra el asma que tomaba de pequeño--, y todo lo que dice es un homenaje a la cinefilia.
Ahí van un par de las perlas que nos ha dejado:
“No es que la narrativa tradicional no me interese. En Infiltrados invoqué el espíritu de clásicos del cine de gángsters como Don Siegel o Anthony Mann, pero
no sé contar historias de forma tradicional porque me encantan las digresiones. Mis modelos narrativos están en el cine japonés clásico, en películas como Vivir su vida, de Godard, en Alain Resnais, en Antonioni, en el Fellini de I Vitelloni, en el Bertolucci de Antes de la revolución. Ellos rompieron el sentido del espacio y el tiempo y reinventaron el lenguaje fílmico”.
“Si quieres ser director, la preparación académica es un apoyo, pero su importancia es relativa. Yo no sé cómo cambiar una lente, y llevo en esto 45 años.
Sólo haciendo cine se aprende a hacer cine. Eso sí, el requisito más importante para hacer una película es querer hacerla, quererlo más que cualquier otra cosa en este mundo”.

Otro que sólo abre la boca para decir cosas interesantes es
Gus Van Sant. Hasta tal punto que, después de entrevistarlo ayer por la mañana, he vuelto a ver su película a competición,
Paranoid Park, que en un primer visionado no me pareció nada del otro jueves. Uno no puede fiarse de su propio criterio, especialmente en un festival de cine, porque durante estos días ves alrededor entre tres o cuatro películas diarias, y trabajas mucho y duermes muy poco y hay proyecciones en las que estás más pendiente de no quedarte sopa que de la película que estás viendo. Por ejemplo, después de nueve días a este ritmo es casi imposible no echar el moquillo, al menos durante un rato, viendo una película como
Stellet Licht, del mexicano Carlos Reygadas, que es así como un remake de Ordet, de Dreyer, y que es
un auténtico prodigio pero dura dos horas y 20 minutos y apenas tiene diálogos ni música, ni el tipo de clímax dramáticos de las narraciones tradicionales –la historia incluye un caso de adulterio y una muerte, pero nada que ver con Atracción Fatal--, y en cambio está llena de larguísimos planos en los que, aparentemente, no pasa nada. Una bomba de relojería, vamos. El caso es que Paranoid Park está francamente bien. Es una reflexiones más lúcidas que yo recuerde acerca de lo jodido que es ser adolescente y crecer sin unos referentes, un modelo paterno u otra figura de autoridad o qué se yo. Y es una preciosidad de película.
Y también hemos visto
Persépolis, la adaptación al cine de la novela gráfica –que hoy en día es la forma fina de llamar a los tebeos—del mismo nombre firmada por Marjane Satrapi, que también dirige la peli --a medias con Vincent Paronnaud--. Al fin y al cabo, se trata de la historia de su propia vida, y de sus intentos por sobrevivir en las fauces de la revolución islámica iraní. A pesar de que la película es algo más simplona que los libros –muy fiel a ellos, en cualquier caso--, verla es una forma divertidísima de entender lo puteados que han estado desde hace tiempo al otro lado del mundo. Un poco a la manera de Art Spiegelman en Maus, Persépolis demuestra qué peligrosa puede llegar a ser la ideología y cómo pervierte la naturaleza humana, e incluye momentos memorables como ése en el que la protagonista baila y canta el The eye of the tiger the Rocky III con acento gabacho.