Sucedió, parece ser, hace 11 años: en la premiere mundial de una película a competición en el Festival de Cannes, después de que se hubiera proyectado ya la cabecera del certamen –unas escaleras imaginarias se elevan desde el fondo del mar hasta el espacio infinito, muy bonita--, con la sala completamente a oscuras y completamente en silencio, alguien grita: “¡Raúuuuuuuuuuuul!”. Era una voz masculina, pero, aparte de eso, nunca se supo su identidad, ni la del Raúl a quien pretendía encontrar en un momento tan inoportuno. El caso es que la gente empezó a descojonarse, se descojonó tanto que durante todo ese festival, al principio de cada proyección, fuera cual fuera la película, en el momento preciso alguien gritaba el grito de guerra y todo el mundo se partía de la risa.
La tradición caló tan hondo que a día de hoy, al principio de prácticamente cada proyección, de cada película de cada sección, alguien grita “Raúl” después de que las escaleras de Cannes alcancen la estratosfera, y todo el mundo se deshueva. Contado así no tiene ni puta gracia, lo sé, pero si te pilla dentro de la sala es un cachondeo, de verdad.
Anécdotas aparte, aquí ya todo el mundo tiene la sensación de que esto se acaba. Faltan todavía dos días y unas cuantas películas que presentar, pero en las caras y en el aspecto de la gente de la prensa –algunos deberían saber ya que una colada a mitad del festival es necesaria-- se nota el desgaste. Hoy, sin ir más lejos, una gran mayoría se ha tomado la primera sesión de la mañana, la de la película francesa Une vieille maîtresse, como lo que suele llamarse aquí una película reparadora, reparadora porque sirve para que la prensa recupere algo de sueño. Más de uno se estaba poniendo perdido de babas el hombro izquierdo de la camisa mientras en la pantalla del Teatro Lumière transcurría este importante ladrillazo de época, cuyo único aliciente era ver, por enésima vez en este festival, a Asia Argento en plan guarrona, aunque ésta vez con un disfraz de María Antonieta.
Mejor, aunque no mucho, fue la película a competición de anoche, We Own The Night, cine negro moderno protagonizado por Joaquin Phoenix, Mark Wahlberg y Eva Mendes. El director, James Gray, obtuvo cierto prestigio hace unos años gracias a una película, Little Odessa, que por España pasó sin pena ni gloria. Su nueva película resultó ligeramente decepcionante, porque, 1. cuenta una historia rutinaria y previsible, y 2. se sirve de una serie de giros dramáticos más bien inverosímiles para que ésta se sostenga. Aún así, Gray rueda como quiere, especialmente en las secuencias de acción, y en su primera secuencia puede verse a Eva Mendes, impresionante mujer --que se atreva a decir alguien lo contrario--, masturbándose. Sólo por eso deberían darle un premio.