Nos encanta Sitges, no lo podemos remediar. No tendrá el glamour de Cannes, ni la historia de Venecia, ni el caché de San Sebastián, pero allí nos sentimos en casa. Es un lugar donde no hace falta aparentar, donde te puedes mostrar tal como eres, un sitio de aspecto cálido y soleado pero de corazón lúgubre, terrorífico y fantástico en el que dar rienda suelta a las pasiones más primitivas y desenfrenadas. Sitges es un espacio abierto para la locura, la fiesta incesante, un derroche de sangre y vísceras en pantalla para disfrutar junto a la tribu de fanáticos y enfermos del género que llena de forma fiel todas las sedes del festival.
Porque Sitges no sólo ofrece películas. Allí también pueden visitarse exposiciones sobre los temas más diversos del universo fantástico, se puede asistir a “clases magistrales” de los más eminentes representantes del género y, sobretodo, se pueden compartir copas, discusiones y paseos con la fauna más cordial, fiestera y friki del panorama festivalero español. El marco geográfico es inigualable. Situado en la villa costera de Sitges, 40 kilómetros al sur de Barcelona, el pueblo te ofrece los mejores paseos al borde del mar y sus calles estrechas, llenas de acogedores bares y restaurantes, esconden un sinfín de rincones en los que perderte y gozar del mágico ambiente que se vive durante la muestra, que se celebra a principios de octubre, cuando al mediodía aún se puede disfrutar de un clima casi veraniego.
Y bueno, si nos referimos al apartado más estrictamente cinéfilo, no podemos dejar de celebrar que Sitges se ha convertido en una capital mundial del género fantástico. Su prestigio va creciendo año a año y la muestra ha terminado por convertirse en una auténtica catedral del terror. Si se quiere estar al día de lo último en misterios, sustos y visceras, Sitges es una cita obligada. Además, el festival también muestra, de forma rigurosa, las últimas novedades en materia de cine de animación, cine asiático y, para aquellos que no conectan tanto con el género, también acoge estrenos mayoritarios (como, por ejemplo, este año, la nueva película de Woody Allen). Así, el festival, también es un lugar abierto para todos los públicos.
Sea en el grandísimo auditorio del Hotel Meliá (una de las salas más grandes de España), o en los antiguos cines del centro de la ciudad (los míticos Retiro y Casino Prado), la fiesta está garantizada. Porque en Sitges ir al cine no se limita a quedarse quieto y callado en la butaca mientras el torrente de imágenes fluye ante las retinas. No, en Sitges, las proyecciones son un festival de aullidos de pavor, gritos de éxtasis, aplausos fanáticos, suspiros de celebración o decepción... en fin, una delirante y participativa experiencia que además tiene un componente adictivo. Quien asiste a Sitges, repite. Una vez has sido inoculado con la sangre de la bestia, pasas a formar parte de la estirpe de vampiros adictos al cine y la diversión que se ofrece en el festival. No te cortes. Ven, pruébalo y verás como quedas atrapado por el encanto tétrico de Sitges.
>>Especial Sitges 2008