No, no te asustes, no estás viajando a través del tiempo. Es 2008, y un Sylvester Stallone, pese a que ya debería apuntarse en la lista de espera de los viajes del Inserso, que es bien larga, protagoniza una nueva película sobre Rambo. Aunque, eso sí, hay que reconocer que su pelo, negro y brillante es el propio de un chaval de 25 años. Que naveguen por él más sustancias químicas que por los canales de Venecia no tiene importancia. Después de todo, no hay más que fijarse en su cara y en ese cuerpo lleno de bultos para comprender que a este pollo no le va eso de dejar que la naturaleza siga su curso.
¿De verdad a alguien le importan todavía Rocky o Rambo? Es decir, a todos nos gusta creer que tendremos nuestra oportunidad en la vida de ser realmente grandes, y por eso es normal que el mundo vitoreara cuando Balboa, un saco de arena con ojos de perro pulgoso, dio un par de tortazos certeros y se convirtió en campeón del mundo de los pesos pesados del cine mundial allá en 1976. Los subsiguientes taquillazos de Stallone, sin embargo, sólo sirvieron para exponer al tirano que acecha en el interior de tantos héroes populares y populistas. No fue suficiente que el púgil retuviera el título a lo largo de 30 años y cinco películas más, a cual más improbable. Stallone también se metió en la piel de John Rambo y se zambulló en una espiral de matanzas: Acorralado (1982), Rambo: Acorralado II (1985) y Rambo III (1988) ¿al menos en España, Rambo II nunca existió--. Éstas fueron películas que dieron a las fantasías de venganza criminal un pedigrí. Después de todo, ¿no es cierto que, hace unos años, existió un asesino en serie en Alabama que se hacía llamar Rambo? No, pero habría colado.
Lo más terrible es que, a medida que la saga fue progresando, empezó a querernos convencer de que la violencia es un afrodisíaco. Ahora, en el episodio final, se nos invita a gozar contemplando cómo Rambo mata a un ejército de soldados asiáticos despreciables, sólo para verlos mientras se mueren.
Hace ya 20 años que Rambo estuvo por última vez en el meollo de la acción, así que Stallone se toma las cosas con calma al principio. El traumatizado veterano de Vietnam, ahora un barquero solitario que remonta los perezosos ríos de Tailandia, mete cobras en un saco, luego pesca con arco y flechas en aguas aletargadas y por la noche cena pescado. Pero cuando los malvados birmanos están a punto de violar a la bollycao rubia que él mismo transportó hasta un peligroso poblado y de decapitar a sus compañeros misioneros, entonces, rápido como un estornudo, los látigos de Rambo agarra un fusil automático y parte a los malos por la mitad a balazos.
Nunca antes, ni siquiera justo después de la derrota americana en Pearl Harbor, había el cine de Hollywood ofrecido un retrato más racista de los asiáticos. ¿Con qué fin? Para justificar una interminable masacre final que hace a los espectadores sentirse como si estuvieran justo delante de un aspersor de jardín que en lugar en escupir agua escupe sangre. Es realmente triste comprobar que Stallone está tan desesperado por recuperar el éxito que le ha sido esquivo durante dos décadas que no se da cuenta de lo patético que resulta.