
Al principio, No es país para viejos para solo otra historia criminal, más lista que la mayoría, rodada e interpretada con un cuidado y una atención extraordinarios, pero solo otra historia criminal al fin y al cabo. Pero luego sucede algo, no un cambio abrupto de argumento o de atmósfera, sino algo que se ha ido construyendo gradualmente, plano a plano, escena a escena, casi sin que nosotros, los espectadores, nos diéramos cuenta, y entonces comprendemos que esta película es otra cosa, mucho más grande, mucho mejor.
La mayoría de las películas que uno ve actualmente, algunas de ellas muy buenas, permanecen en la periferia de nuestro sistema sensorial y emocional. No es país para viejos, en cambio, lo vulnera, lo franquea, se nos aloja en la boca del estómago. Cómo lo hace y qué sensación provoca con ello son preguntas que desafían respuestas al uso. Sobre el papel, se trata de una meditación acerca de la violencia en América y de la naturaleza del mal, pero es mucho más que eso. Verla es como toparse de frente con alguna verdad elemental que todos conocemos pero que nos negamos a afrontar. La película nos agarra con fuerza de la cabeza y nos obliga a mirar. Y nos obliga a sentirnos inquietos, desconcertados, aterrorizados. No trata de ser entretenida sin más, sino que, no te quepa duda, lo que ves en No es país para viejos va a permanecer en tu retina durante días, no como se te quedan grabados un rostro bello o un momento festivo, sino más bien como las secuelas de una enfermedad, solo que aquí, en lugar de de fiebres y mareos, hablamos de tantas buenas líneas de guión y buenas interpretaciones y tanta maravillosa puesta en escena que se conjugan para contar la historia de un maletín lleno de dinero.
Que esté ambientada en 1980 es perfecto, porque esa época en Estados Unidos estaba asolada por un aura de pesimismo, por las miserias de una cultura en declive, en la que todo, incluso el dinero, perdía rápidamente valor y el crimen era una plaga. Es como si las cosas nunca pudieran arreglarse y, en cambio, solo pudieran ir a peor, y si existe forma alguna de personificar la palabra peor, ésa es el psicópata asesino que aquí interpreta Javier Bardem. La primera señal de que No es país para viejos es una película extraordinaria se nos revela en sus primeros minutos, cuando ese psicópata, Anton Chirgurd, estrangula a alguien con un par de esposas. Hay que fijarse en la cara de Bardem. Parece sentirse transportado, estimulado y satisfecho, pero no de una forma sexual --eso habría sido un cliché-- sino de otra forma extraña, casi alienígena para cualquier otro de los mortales, como si se acercara la mano a una de las paredes del infierno. Solo parece sentirse vivo en esos momentos, y eso lo convierte en alguien con quien no se puede hablar. De hecho, no es exactamente humano en el sentido habitual del término.
Pero aunque Bardem y también Josh Brolin tengan más tiempo en pantalla que él, es Tommy Lee Jones la conciencia y el foco moral de la película. Quizás 15 años atrás, el sheriff era un tipo tan seguro de sí mismo como el agente del FBI que Jones interpretó en El fugitivo, pero ahora está cansado, y viejo. Está a punto de retirarse, y las diferentes encarnaciones del mal que ha ido encontrándose en su trabajo están tan lejos de su comprensión que está descolocado. La película sugiere algo aterrador: no que el sheriff esté descolocado porque esté viejo y, por tanto, con el juicio nublado, sino porque la edad le permite ver las cosas tal y como realmente son. En No es país para viejos, la oscura revelación que aporta la edad es la existencia del mal absoluto y de la condición esencialmente trágica de la vida en la tierra.