En materia de festivales cinematográficos, no hay nada que se parezca al Festival de Cannes.
En magnitud, glamour, relevancia, peso mediático, influencia artística
y volumen comercial, Cannes gana por goleada a cualquier otra muestra
cinematográfica. Es el festival de festivales y los números que
genera hablan por sí solos. Con más de 4000 periodistas acreditados,
hay pocos eventos en el mundo que generen la cantidad de minutos de
información televisiva y páginas de diarios y revistas como Cannes.
Durante once días, todos los ojos del Planeta Cine apuntan hacia la
lujosa ciudad-balneario de la Costa Azul francesa. Este año, el
festival se está celebrando entre el 14 y el 25 de mayo, y cumple nada más y nada menos que 61 años. ¡Feliz aniversario!
En el circo mediático que es Cannes, se genera una de las grandes paradojas del cine mundial: el choque entre los máximos exponentes del cine como arte y del cine como negocio.
Cannes es un gran monstruo de dos cabezas, en el que mientras uno mira
hacia las propuestas cinematográficas más audaces y personales
(históricamente, Cannes ha sido una de las catedrales del cine de
autor), el otro se queda ensimismado en el volumen de negocios y tratos
que se firman durante el festival. Contratos de distribución
internacional, acuerdos de producción, acuerdos para la promoción de
las películas, grandes aparatos mediáticos para la promoción de los
grandes filmes de Hollywood... Cannes luce como el templo del
cine-arte, y sin embargo, en sus profundidades laten con fuerza las
leyes del mercado y el negocio, las leyes del mundo real. Y de echo,
eso es lo que sostiene a algo tan gigantesco como el festival, que
durante 61 años ha sobrevivido a toda clase de conflictos políticos y artísticos.
Por
otra parte, Cannes también muestra dos caras bien diferenciadas para el
espectador que puede seguir el festival a través de la cobertura de los
medios y para el periodista que cubre la muestra. Así, mientras de
puertas para afuera el festival no hace más que generar glamour a golpe
de grandes estrellas del cine europeo y norteamericano, los entresijos
del festival son más agitados y, en el mejor de los casos, cinéfilos.
Seguir el festival como periodista supone muchas carreras, empujones
para entrar a las salas, esfuerzos para conseguir entrevistas y para
entrara a las ruedas de prensa... al final, el esfuerzo vale la pena.
Para el cinéfilo, Cannes es el gran templo en el que se escriben las
páginas de oro de la historia de un arte. Los organizadores del evento
se lo tienen bien creído, y eso es esencial para que toda la pompa, el
ceremonial y los rituales que acompañan al festival no se conviertan en
algo vacuo, banal.
En el apartado fílmico, Cannes siempre promete una visión propia de lo que es el mundo del cine a día de hoy.
Y lo relevante es que el paisaje que construye Cannes es el que acabada
trascendiendo e imponiéndose como el definitivo. Si un país presenta
dos o tres buenas películas en una edición del festival, ya tiene
asegurada la atención mundial sobre su cinematografía, y lo mismo pasa
con los directores. Una Palma de Oro (el gran premio de la
muestra) o una buena acogida por parte de la crítica le puede asegurar
al director no sólo un gran prestigio, sino también la garantía de que
su cine será mirado con atención y respeto en casi todo el mundo. El
problema es que ese juego cuenta con una moneda de dos caras, y la cara
fea dice que un fracaso en Cannes puede hundir la carrera de hasta el
más consagrado de los directores-autores.
Porque en Cannes se escribe la historia, porque el festival es
una versión del mundo en miniatura, porque allí se ven las películas
importantes del año, por la emoción de estar en el corazón de la
noticia... por todo ello nos chifla Cannes.
>>ESPECIAL FESTIVAL DE CANNES 2008