
Recientemente, en Cannes, donde Paul Newman ganó el Premio al Mejor Actor en 1958, el festival mostró un montaje de imágenes de las estrellas que habían pasado por su alfombra roja a lo largo de la Historia. La audiencia asistió levemente aburrida a esa sucesión de rostros, pero se sintió electrizada en un momento: un plano de la dañada cara del Newman contemporáneo, que fue inmediatamente reemplazado por otro del actor a los veintipico años, con esos ojos azules para cuya gloria fue inventado el Technicolor, y a los que las fotos promocionales en blanco y negro de la época raramente hacían justicia.
La audiencia emitió una exclamación, literalmente, ante la belleza perdida de Newman. Se trataba del Adonis de Hollywood que una vez había hecho que tanto mujeres heteros como hombres gays se pusieran burros ante su presencia. Pero al siguiente instante, la exclamación casi orquestadamente se convirtió en lamento, de pena o incluso desesperación al comprobar que así es como la belleza acaba. Fue como si quisiéramos rajar la pantalla, como el Basil Hayward de Oscar Wilde, amenazando con destruir el retrato de Dorian Gray.
De alguna manera, Newman envejeció de forma diferente a otras estrellas. El Clint Eastwood actual es el mismo rostro que el de la trilogía de Sergio Leone sobre el hombre sin nombre. La cerosa cara de Burt Reynolds, a pesar de todo el botox inyectado sobre ella, sigue teniendo un parecido a la que en los años 70 dominaba la taquilla americana. Las facciones hinchadas y magulladas de Marlon Brando en La ley del silencio de algún modo nos prepararon para la apariencia grotesca que lució a finales de su carrera. Y, por supuesto, Robert Redford ha sacrificado cada uno de sus nervios faciales en pos de la autopreservación.
Pero, por lo visto, a Newman no le importó su belleza. En algún momento entre el western cómico Dos hombres y un destino (1969) y el drama legal Veredicto final (1982), empezó a parecer no solo mayor, sino distinto. Los extremos de sus cejas y los de su boca se cayeron. Un mostacho ocasional enfatizaba una nueva severidad. La voz se resquebrajó y volvió cavernosa. Ésa precisamente es la opaca apariencia que mostró en El color del dinero (1986), donde ganó un Oscar interpretando una versión anciana del renegado jugador de billar en El buscavidas.
Quizá su rostro por fin mostrara al chico meditabundo, sobrio y corriente que siempre había estado ahí. Éste era el hombre que, famosamente devoto de su mujer Joanne Woodward, estaba fuera del mercado en lo que a escarceos amorosos se refería, y su rostro empezó a retratar también al actor serio quizá cabreado por la obsesión de Hollywood con el aspecto físico. Nunca había sido un actor que se creciera ejerciendo de galán al lado de sus compañeras de reparto: basta verlo en Cortina rasgada (1956), ferozmente serio, incapaz de mirar a la cara a su supuesta novia, Julie Andrews.
Quizá su cara simplemente experimentara un cambio seísmico tras la muerte de su amado hijo Scout, a causa de una sobredosis, en 1978. En cualquier caso, parece ser que el legendario cinematógrafo Conrad Hall, que había iluminado y encuadrado el rostro de Newman en tantas películas, rompió a llorar cuando le preparaba un primer plano durante el rodaje de Camino a Perdición (2002), musitando: “¡Era tan bello!”.
Con su muerte, hemos perdido una conexión vital con el viejo sistema de los estudios de Hollywood. Newman empezó su carrera en ese contexto, que dominó la industria del cine entre los años 20 y los 50 y por el que las estrellas eran contratadas como si fueran jugadores de un equipo de fútbol y remunerados por un periodo de tiempo. Llegó al cine desde el Actor’s Studio, después de hacerse suyo no sólo el estilo interpretativo del Método sino la actitud liberal del Nueva York de la época. Fue partidario de causas liberales y políticos demócratas durante el resto de su vida, llegando a estar en el distinguido elenco de Enemigos de Richard Nixon.
En un principio, Newman era un segunda fila respecto a los más famosos actores del Método. Sufrió el ultraje de perder el papel principal de La ley del silencio y de Al este del Edén, frente a James Dean. Más tarde, la competición se invertiría, en tanto que el joven Steve McQueen se obsesionó por dejar atrás a Newman, hasta el punto de contar fanáticamente las líneas de diálogo que tenía en El coloso en llamas (1974) y ser presa de la rabia cuando averiguó que tenía 16 menos que Newman, su coprotagonista.
Su carrera despegó con las que los fans de Newman consideran las películas "H" de los años 60: El buscavidas (1961), Hud (1963) y Hombre (1967), películas con un aire crudo, nada sentimental en las que Newman ejercía de presencia dura y lacónica. De ellas, quizás la mejor sea El buscavidas, en la que Newman se relajó como nunca antes había hecho, y se olvidó de las piedades del Método: llegó a ser genuino de una forma que el Actor’s Studio nunca le había enseñado.
Pero, para muchos, la favorita de ese período, y quizás de entre todas sus películas, es La leyenda del indomable, dirigida por Stuart Rosenberg en 1967. Interpreta a un ladrón de poca monta que, borracho, casi indiferente, es detenido por destrozar unos parquímetros, no intenta escapar ni de gastar sus ilícitas e ínfimas ganancias pero aun así es sentenciado a trabajos forzados en un brutal presidio. Recuerdo ver esta película de pequeño, junto a mi abuelo y mi padre, sorprendido de que me dejaran ver una película tan atrevida, violenta y explícita, al menos para la época. Newman se convirtió en un rebelde, pero no un rebelde sexual: fue un hombre en una sociedad de hombres. Esa escena donde acepta una apuesta según la que podrá comerse 50 huevos duros en una hora era puro Newman: valentía bravucona, anarquista y muy simbólica, porque era su forma de oponerse a los guardias de la cárcel y a un sistema social brutal. En muchos aspectos, La leyenda del indomable fue una película de los 70 antes de que los 70 llegaran.
Paul Newman entró en su edad de oro con una serie de películas al lado de Robert Redford, Dos hombres y un destino y El golpe. Aunque técnicamente de la misma generación, Newman fue siempre la figura del hermano mayor, y era el niño bonito Redford el destinado a llevarse a la chica. De nuevo, al igual que con La leyenda del indomable, son los destellos bromistas y atípicas de comedia mentecata practicados por Newman lo que hoy nos queda de esos títulos; en el primero de ellos, sus malabarismos en bicicleta para Katharine Ross mientras Raindrops Keep Fallin' On My Head sonaba de fondo. De ahí, de repente Newman ascendió una generación, definiéndose abiertamente como más viejo en El color del dinero. Fue el papel que lo proporcionó un Oscar después de que hubiera recibido, solo un año antes, uno honorario, que tradicionalmente señala el fin de una carrera. Con el profesionalismo imperturbable, Newman siguió en activo, pero el número de papeles interesantes para un hombre de su edad iba disminuyendo dramáticamente.
A pesar de su icónico estatus, Newman no era un hombre para quien la interpretación lo significara todo. Era un director solvente de películas pequeñas –El efecto de los rayos Gamma sobre las margaritas--, particularmente aquellos protagonizados por su esposa; fue un piloto de carreras de éxito, y un lucrativo empresario en el sector de la alimentación –sus salsas son hoy celebérrimas--. Su ejemplo hizo que docenas de celebridades trataran en vano de conseguir lo mismo en fallidos proyectos de vanidad.
Y un día, sus ojos se volvieron marrones.
Sí, es cierto, Newman desdeñó su aspecto, pero nunca pareció acarrear ese sentido de autodesprecio que supuestamente asoló a Richard Burton, después de que el gran actor galés se hiciera grande en el casquivano mundo del showbusiness. Por supuesto, ya no quedan tipos como ellos –hoy todos son unas niñas presumidas--, porque la de Newman era de un tipo de masculinidad pasada de moda, indocta y carente de ironía, interpretara a chicos buenos o a renegados. Y es con esa misma reticencia varonil y tranquila que ahora se ha quitado de en medio. Así se hace.