A estas alturas quedan pocas personas que pongan en duda la calidad como director de Woody Allen. Para varias generaciones de espectadores, su cine es un referente no sólo cinéfilo, sino también vital. Es sencillo pensar en su obra y al mismo tiempo construir una autobiografía que avanza pareja a sus películas. Sin embargo, después de tanto barullo (aparatosos rodajes, premios de todo tipo, giras de conciertos, mil y un homenajes…) no es extraño que el fenómeno Woody Allen empiece a dar síntomas de agotamiento. Un cansancio que finalmente se ha materializado por completo con el premio que ha decidido entregarle la SEMINCI de Valladolid en homenaje a toda su carrera. Un galardón oportunista (el festival se realiza en octubre), cuyo único sentido parece ser el de dejar para la historia una instantánea del director junto a los dirigentes del festival y la ciudad.
En fin, a todo esto la pregunta sería: ¿No empezáis a estar hartos de Woody? ¿No creéis que se está sobredimensionando su estatura artística? ¿No pensáis que los productores, dirigentes políticos y periodistas españoles están cayendo en un cierto ridículo al venerar de forma desproporcionada al cineasta? ¿Se nos ha ido la mano con Allen?
Podría decirse que siempre hemos querido a Woody, sin embargo nuestra historia de amor con él empezó a descarriarse cuando esté aceptó la oferta de rodar en España. Hasta entonces le queríamos, íbamos a ver sus películas y cada cierto tiempo dejábamos que se pasease por nuestras ciudades exhibiendo su limitado talento musical como parte de la New Orleans Jazz Band. Poco importaba que Woody no fuera un virtuoso, la gracia estaba en verle en vivo y en directo, en carne y hueso, resoplando su amado clarinete. Por el camino, se decidió entregarle al director el premio Príncipe de Asturias de la Artes en 2002. Un premio poco cuestionable, aunque sí podría parecer exagerado construir una escultura a escala real del director-actor en pleno centro de Oviedo.
El fanatismo ya había quedado demostrado, sin embargo, con Vicky Cristina Barcelona, todo empezó a irse de madre. El rodaje en Barcelona, el verano de 2007, fue un espectáculo entre grotesco y patético: fotógrafos persiguiendo al director día y noche, noticias diarias en la prensa sobre las desventuras del director por la ciudad condal, multitud de premios entregados por babeantes políticos ansiosos por aparecer en una foto junto al director… En resumen: una muestra de provincialismo lamentable.
Pero entonces sucedió algo inesperado. Con el estreno de la película en el Festival de Cannes, empezaron a propagarse las voces que se quejaban del tratamiento otorgado por Allen a la ciudad de Barcelona. Muchos hablaron de la película como un publireportaje de la ciudad. ¿Pero qué esperaban? Un tratado profundo sobre la ciudad. Woody vino a España a pasar las vacaciones y, de paso, hacer una película veraniega, cuya acción podría haber pasado en cualquier otra ciudad europea (con todo lo bueno y lo malo que ello conlleva).
Parecía que el “fenómeno Allen” se tomaba un descanso, y sin embargo, la fiebre ha vuelto. Esta vez con un nuevo premio honorífico en Valladolid, entregado el pasado 29 de diciembre (y van…), y con una nueva gira de conciertos que llevará a la banda de Woody a ciudades como Granada, Murcia, Palma de Mallorca y Pamplona, entre otras. Sigue la fiebre. Como ejemplo: las 476 entradas para el concierto en Valladolid se agotaron el día que salieron a la venta, el pasado 18 de diciembre, en poco más de cuatro horas. ¡Ni que fuera un concierto de los Rolling Stones!
¿Qué os parece todo esto? ¿Se vive una fiebre desmedida hacia Allen? ¿Puede hablarse de un fenómeno generalizado o debe culparse a los políticos y los medios? ¿Se merece Woody realmente tantos homenajes? ¿No hay muchos otros directores, vivos o muertos, que merecerían la misma o mayor atención? ¿Se ha convertido todo esto en un circo mediático? ¿Estamos ya hartos de Woody Allen?