Ben Stiller
es uno de esos personajes que no deja indiferente. Sus fanáticos los
adoran de forma desmedida, riéndole cada gesto, cada mueca, cada
payasada; mientras sus detractores ven cada una de sus películas como
un crimen en toda regla contra la salud mental del espectador medio.
¿A vosotros qué os parece? ¿Es Ben Stiller el último gran maestro de la comedia norteamericana o es la mayor fraude cinematográfico desde, pongamos, Macaulay Culkin?
El debate queda abierto y el momento resulta más que idóneo, ya que llega a nuestras pantallas Noche en el museo 2, la secuela de Noche en el Museo que supone el regreso de Ben Stiller desde Tropic Thunder: ¡Una guerra muy perra!, para muchos su obra maestra tras la celebrada Zoolander. Y
para poner las cosas en situación, os presentamos algunos argumentos a
favor y en contra del comediante más sufrido y apocado de Hollywood.
A favor: Compañero de fatigas de nombre ilustres como Will Ferrell o Adam Sandler, colega de Jim Carrey (al que dirigió en Un loco a domicilio) y la mitad del surrealista tándem que forma junto al genial Owen Wilson, Ben Stiller se ha forjado, a base de trabajo e insistencia, una carrera marcada por la coherencia. El estilo Stiller es
inconfundible: sus encarnaciones suelen ser hombres marcados por la
inseguridad y las dudas, chicos normales acomplejados cuyos intentos
por ser aceptados lo empujan una y otra vez al pozo del ridículo, el
terreno preferido del cómico. Este patrón delirante y no carente de
zonas oscuras, sobretodo en el retrato de la familia y el éxito social
en la sociedad americana, podemos encontrarlo tanto en la saga de Los
padres de ella, como en Algo pasa con Mary, Los Tenenbaums, Duplex, Y entonces llegó ella o Starsky & Hutch. Luego, por otra parte, tenemos también al Stiller
más descerebrado, salvaje e histriónico, capaz de llevar hasta extremos
impensables la figura del “anormal”. Cansado de ser el buen chico, el
actor se reserva cada cierto tiempo un personaje que le permite
revolver entre sus instintos más básicos, dando rienda suelta al poder
huracanado que emerge de su menudo cuerpo cuando se abre la veda de la
locura. Es el Stiller de Cuestión de pelotas y Zoolander. Y también el de Tropic Thunder,
donde carga con fuerza contra la vanidad y estupidez que campa a sus
anchas por la meca del cine. En estas películas, el actor pone en
funcionamiento la máquina de parodiar y se marca unas buenas risotadas
a costa de los valores en alza de nuestro tiempo: el éxito, las
apariencias, la belleza.
En contra: Repetirse no es algo malo de por sí, pero sí lo es cuando no haces más que patraña. Y eso es justamente a lo que se dedica Ben Stiller,
a realizar comedietas engañabobos donde juega habitualmente la carta
del sufridor para hacerse con el aprecio del público. La estrategia de
por sí no es despreciable. De hecho, el gran Charlie Chaplin era un maestro a la hora de despertar ternura gracias a la vulnerabilidad de Charlot. Sin embargo, es un insulto a la inteligencia del séptimo arte pensar que Ben Stiller le pueda llegara a la suela del zapato a Chaplin. Lo de Stiller
es comedia barata, fabricada a golpe de chiste vulgar, escatológico o,
en el peor de los casos, ofensivo. Ha aprendido bien de otros
despreciables comediantes del cine americano actual: los Farrelly,
una gente que confunde la inteligencia con la capacidad de provocación,
el talento con la incorrección política. Más aún, puede ser que Stiller tuviera sus momentos de gloria, hay que admitir que Zoolander tenía buenos gags y un ritmo trepidante, pero el pobre tipo de ha dormido en los laureles y lleva por lo menos desde 2004 (Starsky y Hutch) sin hacer una película que se pueda ver sin sentir arcadas. Ojo a la lista de despropósitos: Los padres de él, Escuela de pringaos, Noche en el museo (1 y 2) y Matrimonio compulsivo. Siempre lo mismo y cada vez peor. Sin gracia, con desgana, así es como se ve hoy en día a Ben Stiller, un humorista injustamente alabado y artísticamente muy limitado.
Y bien, ¿con quién os posicionáis vosotros? ¿A favor o en contra de Ben Stiller? ¿Maestro del humor o fraude en toda regla?