Empecemos
apuntando que, al menos en su mayor parte, el cine se hace con la
voluntad de entretener al espectador. Las películas se conciben como
objetos de diversión y evasión, y si de paso hacen
pensar un poco, pues mejor que mejor. Sin embargo, en este post, nos
queremos quedar con la superficie más elemental de las películas: su
capacidad para entretener, o más concretamente, su incapacidad para divertir. Sí, porque con ánimo irreverente, os proponemos diez títulos de películas que a nosotros nos parecen absolutamente soporíferas (RECALCAMOS: A NOSOTROS; LEÁSE, OPINIÓN PERSONAL).
Pueden ser ñoñas, históricas, románticas, terroríficas… pero lo que
todas estas películas tienen verdaderamente en común es su vocación de
tostón. Películas ideales para echarse una siesta mientras se emiten.
Siempre a tu lado: Hachiko
(2009). Recién llegada a la cartelera, esta es la película que nos ha
hecho concebir esta lista de filmes aburridos. Aunque en este caso, se
mezclan las emociones. No sabemos exactamente qué es lo que nos molesta
más de la película: su excesiva melosidad (se trata de una bomba de
sentimentalismo), su ataque deliberado a la sensibilidad del
espectador, o simplemente, su calidad de tostón inacabable. La cosa se
explica cuando rebuscamos en la ficha técnica de la película y
descubrimos que su director es el sueco Lasse Hallström, autor de tostones como Chocolat (2000) o Las normas de la casa de la sidra (1999). La cosa se remata con un Richard Gere en su plan más santón/espiritual y un perro que nos acercará a nuestro lado más humano.
Memorias de Africa
(1985). Viajamos en el tiempo hasta mediados de la década de los 80
para destapar uno de los filmes más sobrevalorados de la historia. Uno
de esos casos en los que la Academia de Hollywood se equivoca (ganó 7 Oscars) y construye una gran mentira. La película, protagonizada por Meryl Streep y Robert Redford
(su química es innegable), es considerado uno de los grandes hitos del
romanticismo fílmico, sin embargo, a nosotros nos parece un verdadero
monumento al aburrimiento, con sus 160 interminables minutos
de sufrimiento, amores secretos, heroísmo y fatalidad. Con su visión
idílica (al borde de la irresponsabilidad) del continente africano, la
película apuesta al sentimentalismo y consigue ñoñería en estado puro.
Alejandro Magno (2004). Acordemos que la fórmula del cine épico histórico, que tuvo su resurgir gracias al neo-peplum de Gladiator, lleva ya años agotada. De hecho, uno de los primeros síntomas de final de ciclo (junto a ese otro bodrio llamado El reino de los cielos) es esta película en la que Oliver Stone
decidió olvidarse de que sabía hacer cine. Para recrear en toda su
magnificencia (a la postre, ridículo) la vida del gran rey macedonio.
Los 175 minutos de película son una tortura para el
espectador sensible, aunque siempre existe la posibilidad de ver el
filme como si se tratara de una parodia (lo de Angelina Jolie interpretando a la madre de Collin Farrell no tiene nombre, es de carcajada).
El proyecto de la bruja de Blair
(1999). Algunos la consideran la película que revolucionó para siempre
la historia del cine de terror. Para otros, no es más que una
inacabable sucesión de filmaciones supuestamente caseras en las que
unos chavales atontados se espantan ante peligros invisibles. Sí, ya se
sabe: la gracia está en sentir el miedo en primera persona. Sin
embargo, ¿no podría haberse conseguido lo mismo con algo menos de
alaridos adolescentes y algo más de sobriedad? Desde aquí, abogamos por
un cine de terror inteligente, sobrio, capaz de sugerir con elegancia y
estilo. Y ojo, que se nos viene encima Paranormal Activity.
Anticristo
(2009). Supuestamente, debía ser uno de los filmes-escándalo del año,
pero ha terminado convirtiéndose en el hazmerreír de la temporada. Con
su “chaos reigns”, Lars Von Trier ha terminado plantándose en el epicentro de un territorio que ya había merodeado en el pasado: el tedio. Dogville
conseguía evitar el aburrimiento gracias a sus extraordinarias
interpretaciones, pero esta vez ni siquiera dos actores en estado de
gracia (Willem Dafoe y Charlotte Gainsbourg) son
capaces de salvar la película del naufragio: la película es un pastiche
de psicología básica que aspira a convertirse en el gran tratado sobre
la “guerra de sexos”. Para olvidar.
Cinema Paradiso (1988). Seguimos con las películas sentimentaloides. En este caso, el italiano Giuseppe Tornatore
quemó todas sus naves para fabricar una de las películas más ñoñas de
la historia: nostalgia, vieja cinefilia, recuerdos de infancia, amores
imposibles, música rimbombante (con partitura del gran Ennio Morricone)…
Un cóctel perfecto para conmover al espectador de la manera más
simplona y banal. La película ha quedado como uno de los monumentos
cinematográficos de los 80, pero vista hoy se nos antoja un bodrio de
155 interminables minutos.
Bailando con lobos
(1990). Los cinéfilos tendemos a idealizar el western. De hecho, se
trata del género cinematográfico por antonomasia. Y muchos apuntan a
que la modernidad del género ha dado más tristezas que alegrías (Sin perdón sería la excepción). En la mayoría de casos, como en el de Bailando con lobos, el cineasta (Kevin Costner) olvida todos los patrones del género para reconstruir a su manera la historia. Aquí la Academia de Hollywood se volvió a equivocar (la película se llevó 7 Oscars) y convirtió en leyenda este tostón kostneriano.
Otoño en Nueva York (2000). Hemos elegido esta, pero podría haber sido perfectamente Noviembre dulce, ¿Conoces a Joe Black?...
Es decir, la liga de las películas románticas con un punto
melodramático que utilizan los sentimientos más delicados para machacar
al espectador. En este caso, se trata de un playboy (Richard Gere, en su segunda aparición en el ranking) que se enamora de una bella y joven enferma terminal (Winona Ryder). Los ingredientes perfectos para un ladrillo que atenta contra la sensibilidad del espectador.
Transformers
(2007). Invocamos aquí esta película como representante de toda la
filmografía de uno de los cineastas más mediocres del cine
contemporáneo Michael Bay. Firmante de innumerables bodrios (Pearl Harbor, La isla, La roca, Armaggedon, Dos policías rebeldes),
amante de los travellings circulares y máximo representante de la
generación de espectadores con déficit de atención, Bay está entregado
a una misión: convertir el cine actual en un tedioso desfile de inanes
escenas de acción, épica vacía, excitación adolescente y espectáculo
intrascendente. En sus manos, el cine se convierte en algo menos que un
digno espectáculo de feria: se queda en un intento de videojuego sin la
posibilidad de interactuar.
La lista de Schindler (1993). Rematamos la lista con otro supuesto clásico moderno: la película definitiva sobre el holocausto firmada por Steven Spielberg. Dejando a un lado la fascinación de Spilberg
por el heroísmo y su tendencia a la afectación sentimental (lo de la
niña con el abrigo rojo es de juzgado de guardia), cabe reconocer que
la película tiene sus altibajos narrativos, y que encima, cuando el
dramón parece haber tocado a su fin, el director de E.T.
lo extiende todavía más gracias a un soporífero y sentimentaloide
epílogo “documental” situado en el presente (dispuesto estratégicamente
para llenar de lágrimas el patio de butacas).