Setenta años después de "El halcón maltés", el cine negro vive una enésima juventud gracias al contagio que vive del fenómeno de Stieg Larsson, con David Fincher como principal infectado o a unos títulos que, como "Brick" o "Antes de que el diablo sepa que has muerto", han lavado la cara al género en pleno siglo XXI.
El cinismo ahogado en alcohol, la penumbra brillando en blanco y negro. Un Bogart ante las cámaras, un John Huston o un Howard Hawks detrás de ellas. Un Raymond Chandler en la máquina de escribir. Si puede ser, también una mujer fatal. Y todo ello, con mucho humo de ese tabaco que se convirtió en el símbolo oficial del Hollywood dorado.
El cine negro tuvo su época dorada en los años 40, qué duda cabe. Pero no es menos evidente que ha sido uno de los géneros más revisitados a lo largo de la historia del séptimo arte. Después de joyas aisladas, más crepusculares o más violentas quizá, como "Chinatown" o "L.A. Confidential", emergiendo como recordatorios de la grandeza de esos códigos sórdidos e implacables, el siglo XXI ha vuelto a acercarse a la parte más oscura de la gama cromática.
Todavía con los laureles de "La red social" sobre su cabeza, David Fincher ya posiciona su siguiente filme como uno de los fenómenos cinematográficos del año 2011. Colocado su estreno con vistas al Óscar, "The Girl with the Dragon Tattoo" es la segunda oportunidad en el cine de las letras del malogrado Stieg Larsson -sin duda el fenómeno literario del nuevo siglo-, después de unas discutidas adaptaciones por parte del cine sueco que, no obstante, han dado mucho dinero a sus creadores.
Esta primera parte de la trilogía Millenium catalizada por uno de los mayores creadores visuales del nuevo cine estadounidense ya ha empezado a caldear el ambiente con un tráiler épico en la web y su protagonista, Daniel Craig, mucho más oscuro que en James Bond, ya ha hablado de la violencia de alto voltaje. Eso sí, para el papel de Lisbeth Salander, Fincher se la ha jugado con un rostro semidesconocido: Rooney Mara. Robin Wirght, Christopher Plummer, Stellan Skarsgard y Joely Richardson completan el sólido reparto.
Después de pasar por Cannes, el cineasta español Pedro Almodóvar estrena "La piel que habito", un "thriller" negro sui géneris en el que Antonio Banderas y Elena Anaya viven un enroque perpetuo de identidades y definen una venganza casi tan indescifrable como "The Big Sleep".
Y, por supuesto, Almodóvar, que ya había flirteado con el género en "Los abrazos rotos", usa el negro como fondo para sus obsesiones sobre los roles de dominación y sumisión. Elena Anaya y Antonio Banderas, con el que el manchego no trabajaba desde "Átame", visten de glamour el enigma y la perversión.
En ese misma línea de autores que pasaron por el género arrasándolo con sus señas identificativas, David Lynch regaló al género la hipnótica "Mulholland Drive", con dos mujeres fatales a falta de una -Naomi Watts y Laura Harring- y David Cronenberg depuró su estilo al servicio de las cloacas de la mafia rusa afincada en Londres en "Promesas del Este". Dos obras maestras indiscutibles.
Brian de Palma y su calidad de exhibicionista de los grandes planos se aliaron con el cine negro en "Femme Fatale" y "La Dalia Negra", que dividieron a la crítica, y Martin Scorsese consiguió el ansiado Óscar con "Infiltrados", una cinta en la que los límites entre la mafia y la policía se intercambiaban como en los tiempos de "El padrino".
¿Necesitaba el cine negro un lavado de cara? ¿O funcionan todavía los diálogos llenos de testosterona y dobles lecturas? A estas preguntas respondieron dos películas de manera opuesta, sin dejar de ser las dos películas interesantísimas.
"Antes de que el diablo sepa que has muerto" era el ampuloso título del canto de cisne de un hombre que renovó el lenguaje cinematográfico en los años cincuenta pero que se despidió con una trama impecablemente clásica: Sidney Lumet.
Cine negro que aglutinaba también tragedia griega o drama familiar shakespeariano, el filme retrataba, con una narrativa fraccionada, el virulento despropósito en el que se acaba convirtiendo un timo de poca monta. Ethan Hawke, Albert Finney, Philip Seymour Hoffman y Marisa Tomei lanzaban contra la pantalla la infinita miseria de sus personajes hasta crear una atmósfera tan fascinante como irrespirable.
Y, nadando en la otra dirección, una película aparentemente adolescente como "Brick" se mostró como uno de los ejercicios que más sabiamente supo manejar los tópicos del género. Sacudiendo el polvo de lo lóbrego a plena luz del día, como ya hiciera "Chinatown", las perversas tramas hiladas como actividad extraescolar de un instituto estadounidense deslumbraron a la crítica y sacaron a la palestra a un reparto juvenil -con Joseph Gordon-Levitt, Lukas Haas y Emilie de Ravin a la cabeza- bajo la batuta de Rian Johnson.
Los círculos independientes la aclamaron -premio en Sundance incluido- y, entre sus referentes, cintas tan legendarios como "Laura", de Otto Preminger, o "El halcón maltés", la piedra fundacional del género. Círculo cerrado... pero, como en algunas de las mejores, final abierto.
Terra Cine - EFE - Mateo Sancho Cardiel