Aceptémoslo, las precuelas suelen ser las
hermanas feas de las secuelas. Y es que, en la actual crisis de
imaginación en la que se halla sumida la meca del cine, las secuelas al menos dejan
una pequeña puerta abierta a la variación o la innovación. En las
secuelas pueden ocurrir muertes imprevistas, idilios impensables u otros
sorprendentes giros de guión. Sin embargo, en el caso de las precuelas,
no hay otra salida que cerrar todos los cabos sueltos para que todo
concuerde con la película original. El margen de maniobra es mínimo,
lo cual suele desembocar en relatos previsibles y anodinos. Aun así,
existen casos en los que la precuela consigue empaparse de la fuerza y
enjundia del filme original.
Puede que ese sea el caso de Prometheus, la precuela de una de las mejores películas de todos los tiempos, Alien, el 8º pasajero, de Ridley Scott, cuyo nuevo tráiler ya tenemos disponible. Con un reparto de lujo, con Noomi Rapace, Michael Fassbender, Charlize Theron, Idris Elba o Ben Foster, entre otros, la película 'promete'.
El último ejemplo positivo lo tuvimos con X-Men:
Primera generación, también con Fassbender en el reparto, en la que regresamos a los tiempos de JFK y la Guerra Fría
para ver los orígenes del conflicto entre el Profesor Xavier y Magneto. Lo que
os proponemos a continuación, de la mano de la web Moviefone, es dirimir
cuáles son las mejores y peores precuelas de la historia del cine. Os
ofrecemos seis candidatas.
LAS MEJORES
El padrino. Parte II
(1974). Sin ponernos demasiado estrictos, proponemos como primer gran
ejemplo de precuela la segunda parte de la mítica trilogía de El padrino.
Aunque en realidad, esta película es mitad precuela, mitad secuela. Es
una de sus partes, la protagonizada por Robert De Niro, se
resiguen los orígenes de Don Vito Corleone (al que había dado vida Marlon Brando): su
emigración a Estados
Unidos siendo un niño, sus comienzos en el mundillo del crimen
organizado y el inicio de su escalada al poder. Luego, en la otra mitad,
la película sigue a partir de donde terminaba la primera parte, con Michael Corleone (Al Pacino)
resignado a tomar las riendas de los ilícitos negocios familiares.
Indiana Jones y el templo
maldito (1984). Aunque no
mucha gente lo tiene presente, la segunda entrega de la saga de Indiana Jones
transcurre unos años antes que la primera. En ella, Indy (inigualable Harrison Ford)
se embarca en una aventura que remite de forma bastante directa a uno de
los filmes favoritos de la infancia de Steven Spielberg: la
mítica Gunga Din,
protagonizada por Cary
Grant. De hecho, la mezcla de grandes escenas de acción, casquería
de la buena (sí, nos referimos a los sesos de mono) y la escena musical
del arranque (con Kate
Capshaw, futura esposa de Spielberg, cantando “Anything Goes”)
hacen de esta película un deleite incontestable.
El Hobbit
(1977). Debemos aceptarlo. Si
en el caso de El
padrino. Parte II la cosa se aguantaba por los pelos, aquí las
trampas son flagrantes. Y es que esta película animada dirigida por el
tándem Rankin/Bass
fue estrenada décadas antes que la trilogía de Peter Jackson sobre El señor de
los anillos. Aun así, existen tan pocos ejemplos de precuelas triunfales
que, hasta que Peter
Jackson no estrena las dos partes de su versión (en 2012 y 2013),
esta es (por defecto) la mejor adaptación de la historia de Tolkien sobre cómo Bilbo Bolsón encontró el anillo
de poder en primer lugar.
LAS PEORES
Los primeros golpes de
Butch Cassidy y Sundance
(1979). Intentar rastrear los orígenes de personajes icónicos del cine
no es tarea fácil. Se puede hacer con dignidad, de forma mejorable o,
simplemente, mediocre. Un buen ejemplo de esta última opción lo
encontramos en el intento de dar continuidad a los mitos de Butch Cassydy y Sundance Kid, a
los que dieron vida Paul Newman y Robert Redford en la memorable Dos hombres y un destino. En
esta secuela, ni el trabajo de dos actores notables (Tom Berenger, William Katt) ni los
esfuerzos del director Richard Lester salvaron la película del naufragio.
Hannibal, el origen del
mal (2007). ¿Realmente
necesitábamos saber que Hanníbal Lecter se convirtió en un caníbal por culpa del
trauma infantil provocado por la muerte de su hermana a manos de los
nazis? La cosa estaba condenada al fracaso, cuestión que quedó
confirmada en la penosa combinación de drama histórico y película de
artes marciales desplegada por el filme. Aunque el remate final lo puso
la blanda e insulsa interpretación de Gaspard Ulliel. ¿Quién
podría creerse que este chavalín iba a terminar convertido en el gran Anthony Hopkins.
Star Wars. Episodios I, II y III. Sí, tenía que llegar. Y es que revisar los
orígenes de la saga más mítica del cine fantástico fue, probablemente,
la peor idea de la historia del cine. Felicidades, George Lucas. ¿Por dónde
empezar? Por ejemplo por Jar Jar Binks, el personaje más detestado del universo Star Wars. Luego
está el infantilismo de la primera entrega, la sobresaturación de
efectos digitales, o también la patética escena de amor entre Anakin y Amidala,
seguramente la más cursi del cine moderno. Una herida que todavía supura
entre los fans de la saga.