Llega a nuestras pantallas lo último de Steven Spielberg, War Horse (Caballo de batalla), un entrañable relato de amistad entre un chico y un animal, con la Primera Guerra Mundial -o Gran Guerra- como telón de fondo. Esta circunstancia nos recuerda que la industria americana, y el amigo Spielberg en particular, han pasado olímpicamente en más de una ocasión de los libros de Historia, suponemos que con el único objetivo de hacer el producto más entretenido o acorde a la audiencia. En definitiva, más comercial.
Sí, ya sabemos que puede ser irrelevante en un producto que sólo aspira -parece ser- a entretener. Pero, teniendo en cuenta la repercusión que este negocio tiene en la conciencia colectiva de las masas (tendemos a dar por cierto lo que vemos en pantalla), quizá productores, directores y guionistas debieran ser conscientes del papel educativo que juegan en la sociedad actual.
Lo cierto es
que el rigor histórico nunca ha sido la mayor preocupación de
Hollywood. Fábrica de sueños y fantasía, sofisticada factoría de nuevos
mitos y leyendas, la meca del cine no ha tenido miramientos a la hora de
apropiarse de la historia para exaltar su sentido del entretenimiento.
De hecho, ¿qué hubiese sido del Espartaco (1960) de Stanley Kubrick y Kirk
Douglas sin la épica muerte de su protagonista en la cruz (cuando
en realidad el personaje histórico murió en el campo de batalla)? ¿O
cómo hubiese lucido el Gladiator (2000) de Ridley Scout y Russell Crowe
sin la Roma idealizada por los pintores románticos ingleses y
franceses, además de por el arquitecto nazi Albert Speer? O, rebuscando
en el cine más reciente, ¿sería lo mismo 10.000 (2008) de Roland Emmerich
sin las pirámides egipcias (construidas 7500 años después)?
La cuestión
de la fidelidad histórica sigue de plena actualidad, ya que el cine
nunca cesa de rebuscar en la historia de la civilización en busca de
grandes relatos. La épica cotiza al alza y no hay límites a la hora de
exacerbarla. Un buen ejemplo lo encontramos en la película 300 (2006), de Zach Snyder, donde los
espartanos son idealizados como virtuosos guerreros mientras los persas
son retratados como seres monstruosos. Por no hablar de filmes como Las hermanas Bolena
(2008) o Elizabeth:
La edad dorada (2007), donde la historia se convierte en pasto de
relatos telenovelescos. Otros casos memorables son los de Braveheart (1995) –en la
época los escoceses no llevaban falda- o, en general, las películas
centradas en la edad media, de El rey Arturo (2004) a El reino de los cielos
(2005), ambas plagadas de elementos anacrónicos e importantes
modificaciones históricas. De hecho, Ridley Scott, director de
esta última, se ha convertido en un asiduo a la tergiversación histórica
a favor del espectáculo. Disculpamos su última película estrenada, Robin Hood, porque el mismo personaje no es histórico, sino una leyenda.
Otro de los
casos más populares en lo que se refiere a manipulación histórica es la
saga de Indiana
Jones. En la confección de las aventuras del gran arqueólogo y
aventurero, George
Lucas y Steven Spielberg se pasaron por el forro la fidelidad a los
acontecimientos. Los ejemplos son innumerables: edificaciones todavía no
construidas (el puente de Golden Gate), armas todavía no inventadas (el bazuca),
medios de comunicación clausurados (el Zeppelin), cócteles
históricos para la confección de templos mágicos y cultos salvajes… En
fin, otra demostración del poco cuidado que ha tenido la meca del cine a
la hora de dar consistencia histórica a sus filmes. No les iría mal
recibir unas cuantas clases de historia. ¿Y a vosotros qué os parece
todo esto? ¿Valoráis el hecho de que una película sea fiel a la historia
u os parece un
tema secundario cuando hay entretenimiento y espectáculo en juego?