
Los buenos aficionados al ciclismo recordarán la figura de Djamolidine Abdoujaparov. El brillante esprinter uzbeco de la década de los 90, ganador de varias etapas en las tres grandes vueltas y todo un habitual en las 'volatas'. Ocurre que la gran mayoría de los velocistas pierden explosividad con el paso de los años y cada vez les cuesta más conseguir victorias. Por supuesto, el ciclista de Taskent no iba a estar exento a esa norma.
El bueno de 'Abdou', en la recta final de su carrera, se negó a aceptar su destino y quiso seguir ganando. Consciente de que sus opciones al esprint se habían reducido considerablemente, el corredor de Uzbekistán buscó otras alternativas para alcanzar el triunfo. De esta manera, se 'regaló' una etapa en el Tour de Francia 1996, sorprendiendo a todos atacando desde lejos para vencer en un final nada propicio para sus características.
Algo así pretendió emular Óscar Freire en la 47ª edición de la Amstel Gold Race. La clásica que abre el 'tríptico de las Ardenas' y que todavía se le resiste a los españoles. A los 36 años, el tricampeón del mundo se inventó una genialidad donde nadie lo esperaba y a punto estuvo de añadir a su palmarés otro de los 'monumentos' del ciclismo.
Coronado el penúltimo muro del recorrido, el Kautenberg, el grupo de favoritos se aproximaba al final con todos los candidatos a la victoria entre sus integrantes. Ahí estaban los Philippe Gilbert, Alejandro Valverde, Purito Rodríguez, Damiano Cunego, Samuel Sánchez, Peter Sagan y uno con el pocos contaban, Óscar Freire. El de Torrelavega, sabiendo que esperando a la rampa final del Cauberg nada tenía que hacer, se lanzó a la aventura en solitario a falta de siete kilómetros.

La maniobra del cántabro dejó desconcertados al resto de aspirantes, incapaces de comprender tanta osadía por parte del ciclista del Katusha. Era un ataque de amor propio, insensato, efectuado por alguien que ya no tiene nada que demostrar y que todavía no sabe cuando terminará su carrera. Niki Terpstra fue el único que salió en busca del corredor español, cuya diferencia nunca sobrepasó los veinte segundos.
Así llegaron al inicio del Cauberg, con Freire liderando la prueba y con Terpstra y el pelotón pisándole los talones. Parecía que el tricampeón iba a ser engullido en las primeras rampas por el holandés, pero fue éste quien sucumbió al empuje del grupo, donde Gilbert asumía toda la responsabilidad. El belga que conoce el final como la palma de su mano estaba dispuesto a anotarse su tercer triunfo consecutivo. Freire se defendía notablemente.
Un nuevo arreón del valón y solo Peter Sagan, Enrico Gasparotto y Jelle Vanendert quedaron a su rueda. Una caída de Cunego ayudó a que el corte se produjese. Del resto (Valverde, Purito, etc.) no había noticias. A Freire ya le dolían los piernas una barbaridad. Faltaban 100 metros para la llegada y el de Torrelavega agonizaba, cuando a Gilbert se le acabó la gasolina, dejando claro que no es el mismo de 2011.
Con el cántabro neutralizado, Sagan se sintió ganador y lanzó la llegada. Se precipitó. En un último y titánico esfuerzo Gasparotto le superó, consiguiendo el triunfo más importante de su trayectoria. Una carrera que probablemente Freire (cuarto en la meta) ya no ganará. Puede ser la hermosa despedida del español en la Amstel, la del que muere en la orilla. Al Cauberg todavía no le ha dicho adiós, volverá a encontrárselo en septiembre, cuando vaya en busca del cuarto Mundial.
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