Soy fan de la cocina japonesa desde que empezó a ponerse de moda. Yo, y casi todas las chicas que conozco: mis amigas, mis cuñadas, mis compañeras de trabajo... ¿Por qué? Creo que por varias razones. Primero, porque estéticamente la comida japonesa resulta muy atractiva: pequeños bocaditos de color en presentaciones minimalistas y elegantes. Segundo, porque los restaurantes japoneses también son muy atractivos: decorados con gusto y ambiente zen, resultan elegantes y modernos (www.19sushibar.com). Yendo a un japonés una tiene la sensación de ir a un sitio especial, con glamour, algo que, nos guste o no reconocer, a las mujeres nos atrae, más si lo hemos visto recomendado en alguna revista de moda. Pero sigamos con la lista de razones para adorar la comida japonesa. Tercero: quién no lo ha leído que la dieta oriental es, después de la mediterránea, la más saludable del mundo. Comer arroz hervido, pescado crudo, verduras, algo de carne, frutos secos, soja y otros ingredientes similares limita bastante la cantidad de grasa y, por ende, colesterol, ingerida. Se trata de una dieta cardiosaludable, ligera y muy digestiva.
Hablar de grasas me lleva al cuarto punto, el que, aunque no lo confesemos, más nos atrae a las mujeres. Y lo digo con cierta tristeza porque no debería ser ésta la razón principal para convertirnos en amantes de la cocina japonesa. ¿Cuál es? La cuarta razón es que se trata de una comida ¡baja en calorías¡, vamos, que engorda poquísimo. Arroz hervido, pescado crudo, verduras... decoraciones aparte, es lo más parecido a una comida de régimen que conozco. Por no hablar de los increíbles efectos positivos que tiene el hecho de que en la carta de los restaurantes japoneses ¡no hay dulces¡ o se limitan a helado de té verde (bastante intragable), algunas frutas y té. No hay tartas ni monstruosas tentaciones a base de chocolate; nada de lo que a la mayoría de las mujeres nos hace echar a perder los buenos propósitos con los que nos sentamos a la mesa. Y lo cierto es que una vez que te haces a la idea resulta muy agradable terminar la comida simplemente con un delicioso té verde.
La quinta razón para aficionarse a la cocina japonesa puede ser para algunos un motivo para detestarla, ya que su exótica mezcla de sabores, texturas y estado de la comida (¡cruda¡) no siempre convence a todo el mundo: el plato fuerte, el sushi y el sashimi, son pequeños bocaditos de algas, arroz y pescado crudo. Una auténtica delicia para algunos, y una asquerosidad inmunda para otros. Pero que no se asuste quien no lo haya probado nunca. El sabor del pescado está siempre matizado por salsas y marinados que hacen que prácticamente no se note el estado en cuestión. Confraternizando al 100% con todas las razones expuestas, me considero una amante de la comida japonesa. Me resulta chic, sana y riquísima. Después de un menú a base de makis, sushi y té me siento llena pero ligera; sé que he hecho una comida correcta nutricional y ‘estéticamente’ porque mi estómago y mi figura me lo agradecen siempre.
Todo me gusta en la estética japonesa: la decoración, el exquisito servicio, la cultura del té, su pulcritud... No puedo sentirme más inspirada y a gusto. Excepto por una cosa: los maldito palillos. Lo intentado de mil maneras, he practicado en el restaurante y en casa, he pedido ayuda a amigos y hasta a auténticos japoneses. ¡Y nada¡ No lo consigo, soy incapaz de comerme todas esas delicias con palillos. Esperanzada, pensando que las cosas pueden cambiar de una vez para otra, cojo con convicción los palillos cuando todos los demás comensales lo hacen y siempre, ¡siempre!, soy la única que acaba comiendo shusi con cuchillo y tenedor. Adiós al chic, adiós al glamour, adiós a mis intentos de pasar por una verdadera entendida... Por favor, ¡decidme que no soy la única que come sushi con cuchillo y tenedor!