La robótica y la tecnología se han aliado con la estética para crear auténticos monstruos. Los centros de belleza empiezan a parecer laboratorios espaciales y las esteticistas pronto van a tener que estudiar en Huston para poder hacer una limpieza de cutis. Pero yo creo que todos estos adelantos nos benefician: cada vez se consigue más con menos esfuerzo. Eso sí, el esfuerzo económico no te lo quita nadie. Y lo digo con todo el conocimiento de causa porque ayer mismo probé una de estas máquinas estético futuristas: la Futura Pro. El nombre ya lo dice todo...
Se trata de una versión ultramoderna de las antiguas máquinas de electroestimulación o ‘gimnasia pasiva’ que anuncian en el Teletienda. Pero la Futura Pro es la 'bomba'. Según me explicaron en Felicidad Carrera (http://www.felicidadcarrera.com/), esta máquina funciona a base de ondas biópticas, que emiten impulsos a las células y a los tejidos. Hablando claro: suelta descargas que hacen que tus músculos se contraigan de forma involuntaria. Según la intensidad puedes sentir un simpático cosquilleo, o empezar a dar saltos en la camilla como si estuvieras poseída.
Yo me había animado a probar la máquina porque siempre he creído que el ejercicio es lo que de verdad moldea el cuerpo. Como me había hecho un esguince y tenía para un mes, estaba un poco agobiada por mantener mi tripa a raya pensando en las vacaciones. Así que allí fui, con más miedo que vergüenza -los centros de estética me imponen-, a probar la Futura Pro. Antes de empezar, la experta te pregunta qué quieres conseguir y te explica que hay programas para todo: endurecer, adelgazar, celulitis, elevación del busto, del trasero, drenaje linfático... Y todo esto en el cuerpo e incluso en la cara. Yo le pedí endurecer todo el cuerpo, sobre todo la tripa.
Me puse un biquini que yo llevaba (había leído un articulito) y luego me tumbé en una camilla de cuero blanco en una sala circular de largas cortinas que caían del techo. Temperatura agradable, música japonesa de fondo... la cosa iba bien. Me empezaron a colocar electrodos por todo el cuerpo, especialmente en la tripa. “Tú vas al gimnasio ¿no?, entonces te pongo intensidad”, me dijo la chica con una inmensa sonrisa. “Pssii, bueno, a ver...”. Antes de que pudiera terminar la frase recibí una descarga en todo el cuerpo que me hizo ponerme tiesa y acto seguido encogerme sobre la tripa como si me estuviera partiendo de risa. La cara, donde también me había puesto electrodos, era un poema: tensa al máximo, no podía ni hablar. Hasta ella debió asustarse porque inmediatamente bajó la intensidad hasta que mi cuerpo dejó de botar y mi cara recobró un aspecto humano. “Ay perdona, pensé que estabas en forma, vamos a bajarlo”. Menos mal, suspiré aliviada, porque estoy dispuesta a sufrir algo por estar guapa, pero no a someterme a una sesión de entrenamiento para anguilas eléctricas.
A partir de ahí los calambres se convirtieron en un soportable cosquilleo que contraía mis músculos alternativamente, como siguiendo el compás de una melodía interna a golpe de contracción. Al poco empecé a sudar, y cuando terminé la media de hora sesión me sentía como si hubiera hecho una clase de aeróbic, una sesión de pesas y un montón de abdominales. Por la tarde tuve agujetas, así que me sentí contenta e impresionada por la sensación de haberme dado una paliza entrenando sin haberme movido de una camilla. Hasta que me cure el esguince seguiré con la Futura Pro, y tal vez me dé alguna que otra sesión de refuerzo antes de irme de vacaciones.
¿Has probado alguna de estas máquinas futuristas?