
Mi tía Elena vive en un pueblito muy pequeño de Extremadura, en una casa enorme donde las puertas están siempre abiertas a todo el mundo. Al fondo de la casa, en una enorme nave llena de grasa, polvo y chatarra, mi tío tiene un taller. Un taller por el que todos mis primos han pasado para ayudar a su padre -sin cobrar nunca- y cuyos monos de faena, llenos de perennes manchas de grasa, lavaba mi tía a mano con un cepillo y una tabla.
A mí, de pequeña, aquel trabajo me parecía titánico, igual que todas las faenas que hacía mi tía en aquella inmensa casa que siempre estaba llena de gente. Porque mi tía Elena no paraba de trabajar, pero siempre tenía sitio en la mesa para alguno más, cama de sobra para quien se quisiera quedar a dormir, silla en el patio para quien fuera a contarle sus cosas. Y es que mi tía Elena, que no ha pasado del bachiller, siempre ha sido una mujer llena de sabiduría, capaz de ponerse en la piel de los demás como nadie, con una capacidad inmensa para escuchar sin juzgar, para comprender más allá de la propia comprensión de aquel que le contaba su problema, para aconsejar sin necesidad de dar consejos. Mi tía vive en un pueblo muy pequeño, pero nunca ha sido cotilla, nunca ha querido saber más de lo que le contaban, ni siquiera ser testigo de todo lo que le confesaban. Y es que ella, que era quien más necesitaba contar, nunca cargaba a nadie con sus problemas, los aceptaba no sólo con resignación sino con alegría. Nunca he conocido a nadie tan optimista y lleno de vida como mi tía Elena.
Cuando éramos pequeños, mis padres se llevaban muchas veces con nosotros a alguno de los cinco hijos de mi tía Elena, sobre todo a mi prima, que es como mi hermana. Ahora sí me extraña y me indigna, pero entonces no reparaba en lo extraño que era que mi tío nunca llevase a mi tía y a mis primos de vacaciones; que nunca se ocupara de darles de comer, lavarles o vestirles, como hacía mi padre; que nunca les acompañase al colegio, al médico o a Sevilla a comprarse ropa o material para el colegio; que nunca les comprase regalos de Reyes; que nunca jugase con ellos. Mis primos también parecían aceptarlo como algo normal; mi tío nunca estaba o desaparecía cuando cualquier familiar o visita llegaba. Siempre tenía que ir a llevar o a recoger un coche a Sevilla justo cuando íbamos todos a comer o a cenar, y mi tía siempre nos pedía le esperásemos porque no podía tardar mucho, y siempre acabábamos comiéndonos a las cinco de la tarde uno de sus rotundos cocidos extremeños. Porque a él le daba igual que le estuvieses esperando. Le daba igual levantar a mi tía a mi tía a las cuatro de la madrugada para que le pusiera de comer porque él prefería trabajar de noche. Le daba igual sacarla de la cama a empujones a las seis de la mañana porque era incapaz de calentarse él solo el café. Le daba igual que sus hijos fueran pequeños, hubieran venido a pasar el día con nosotros al pueblo de al lado y estuvieran esperándole dormidos en el sofá hasta la hora de la madrugada en la que él se dignara ir a recogerlos. Le daba igual que ella estuviera de parto y necesitaba que alguien la llevase al hiospital... Porque, ahora lo entiendo, él no quería enfrentarse a la mirada de los demás, de quienes sabían loq ue estaba pasando.
Pero yo entonces no sabía nada de eso. Lo fui descubriendo con los años, cuando mi prima, que siempre había sido testigo silencioso de todo lo que ocurría entre sus padres y había visto mucho más de lo que un niño debe ver, arrancaba a llorar sin motivo o tenía fuertes depresiones. Ella no entendía por qué no podía tener un padre como el de sus primos de Madrid. Empecé a entender cuando fui consciente de que si mis primos estudiaban, era porque su madre movía Roma con Santiago para conseguirles colegio, libros, estudios, residencias y lo que hiciera falta; por suerte, mi tía contaba con la ayuda de sus hermanos y con una voluntad de hierro capaz de mover montañas de su sitio. Entendí muchas cosas también cuando mi tía se fue por primera vez de casa. Por primera vez habló de separarse, algo que mis padres y mis tíos la habían animado siempre a hacer. Pero entonces él comenzaba con su arrepentimiento, sus lágrimas, su teatro, y la convencía para volver. Igual que cuando ella tuvo cáncer y él se cagó de miedo pensando que se podía morir, igual que cuando ella se fue andando a media noche por la carretera porque él la había querido ahogar, igual que cuando mis primos se hicieron mayores y empezaron a enfrentarse a su padre... Siempre lloraba y le suplicaba. Porque es verdad que él no podía vivir sin ella. Sin su madre, su esclava.
¿Por qué no le dejaba si contaba con el apoyo de sus hermanos, de todo el pueblo de toda la gente que les conocía, incluso de la familia de él, que sabía la mala vida que le daba? Es algo que muchas veces me pregunté y que compredí cuando empecé a oír hablar de maltrato en los medios de comunicación. Es cierto, ellas son las primeras en ocultarlo. Es cierto también que se crea una especie de vínculo difícil de romper en el que confluyen la verguenza, la dependencia y el miedo. Y los hijos, esos hijos por los que casi todas aguantan cuando no tienen independencia económica. Pero ahora sé que, en el caso de mi tía, había una razón más: la pena. Ella sentía y siente pena por él, porque es un desgraciado cuya única fuerza reside en dominar a su mujer. Porque no puede con nadie más, porque es un mierda que no tiene ni medio guantazo.
Sus hijos, que la adoran por encima de todas las cosas, son hoy cinco magníficas personas bien situadas en la vida, nobles, buenas, cariñosas y tan queridas por todo el mundo como su madre. Mi tía no se ha separado. Ahora que sus hijos son mayores y la traen y la llevan, la miman y la protegen, ya no quiere hacerlo. Él sigue viendo en la gran casa cuyas puertas siguen abiertas a todo el mundo, pero todo el mundo le ha dado la espalda. Hasta sus hijos.
* Elena no es el nombre de mi tía. Con este post quiero decirle que la admiro y que la quiero como a una madre. Porque es la mujer más valiente que conozco. Sé que entre vosotros también hay muchas mujeres y hombres valientes. Me encantaría que vuestra experiencia pudiera ayudar a otras personas -hombres y mujeres- que viven situaciones de maltrato de las que no son capaces de salir.