Si ya admiraba a los daneses por el desarrollo social que han conseguido y por su excelente política de protección de la natalidad y de la mujer,
mi admiración aumenta ante su civilizada reacción frente a la boda de Alexandra, la ex esposa del príncipe Joaquín de Dinamarca. Todavía recuerdo cómo miraba a su marido el día de su boda; pocas veces he visto una novia tan enamorada, irradiaba absoluta felicidad por estar casándose con él.
Con dos hijos en común, su separación fue una de las que más me sorprendió, aún presente en mi recuerdo esas imágenes tan intensas. Pero
lo que realmente me ha sorprendido ha sido la naturalidad, coherencia e inteligencia con la que tanto ellos como la sociedad danesa han llevado su separación,
el posterior noviazgo de Alejandra con un chico menor que ella, su reciente boda, y la futura boda del propio Joaquín con su actual pareja. No sé qué habría sido de ella si esto hubiera ocurrido en España...
Con 42 años, Alejandra se casa a los dos años de divorciarse de su marido, con el que estuvo una década y con el que tiene dos hijos de 5 y 7 años. Los daneses no sólo aceptaron bien esta separación sino que se pusieron del lado de Alejandra, ya que Joaquín no se comportó todo lo bien que debía con ella (bebía en exceso y era aficionado a ir con jovencitas). Natural, simpática y discreta, Alejandra no ha perdido nunca el respeto de un país que no es el suyo; de oriogen chino, Alejandra Manley era de nacionalidad británica y se dedicaba al mundo de los negocios. Lo dejó todo por Joaquín: familia, trabajo y país.
Poco después de su divorcio, la princesa comenzó a ser vista con un joven técnico de televisión, al que conoció cuando el padre de éste grababa un documental sobre la entonces familia principesca (por aquel entonces la relación entre Alejandra y Joaquín estaba rota). Se supo que Alejandra comenzaba a salir con este joven y que incluso se iban juntos de vacaciones con los niños, pero ni la prensa, ni la familia real, ni la sociedad danesa reprobó su conducta ni invadió su vida privada. Cuando su noviazgo se hizo público -mediante un comunicado de la propia familia real- los daneses reaccionaron con alegría al ver que alguien tan querido rehacía su vida.
Hace diez años Alejandra Manley se convirtió en princesa por amor y ahora ha dejado de serlo, también por amor, al casarse con un plebeyo. Aunque perderá su categoría de alteza, seguirá siendo condesa y contará con una dotación oficial para el mantenimiento de
sus hijos, que
ya viven con ella y su nuevo marido (quince años más joven), y a los que pudo verse en la boda acompañando a su madre con toda naturalidad.
¿Os imagináis que esto hubiera ocurrido aquí, con la prensa del corazón que tenemos y la cantidad de prejuicios que aún no hemos superado? No creo que nos hubiésemos comportado con tanto respeto y discrección o nos hubiésemos tomado tan bien la historia. Una vez más, la sociedad danesa nos ha dado una lección de madurez y desarrollo social e intelectual: no se ha escandalizado ni por el divorcio, ni por el pronto noviazgo de Alejandra, ni por la diferencia de edad con su actual marido, ni porque los pequeños príncipes vayan a vivir con ellos.
Mucha gente se extraña de que yo sea amiga de las ex novias de mi pareja, o de que me parezca estupendo y normal que tenga amigas y quede con ellas cuando quiera, igual que yo con los míos;
otros se asombran por la libertad que tenemos, por el hecho de que hagamos cosas por separado, porque no vayamos siempre juntos a todas partes. ¿Por qué?
A la sociedad española aún le queda mucho para ser realmente "civilizada" en cuestiones sentimentales, para conseguir separaciones, divorcios e incluso relaciones de pareja civilizadas. ¿Por qué no podemos
tomarnos con más naturalidad este tipo de situaciones e intentar mantener buenas relaciones entre los ex y los "nuevos", sobre todo cuando hay niños de por medio? Pero voy más allá: para ser una sociedad tan desarrollada como la danesa o la de otros países del norte
debemos superar fenómenos como el de la bochornosa prensa del corazón que tenemos, como el carácter indiscreto que nos pierde, como los prejuicios que aún tenemos respecto a las relaciones, en las que pecamos de posesivos. Para mí, los daneses han demostrado, sobre todo, ser un pueblo inteligente.
¿Creéis que la soeciedad y la prensa españolas hubieran reaccionado igual si se hubiera tratado de alguno de los miembros de nuestra familia real?