Enamorarse. Es uno de los estados vitales más extraordinarios y, al mismo , tiempo, más subjetivos e impredecibles que existen. La belleza atrae, pero no siempre enamora. Sutiles gestos, ciertos rasgos, pequeñas imperfecciones; una forma de mirar, de hablar e incluso de moverse pueden enamorar mucho más que un cuerpo o una cara. Enamorarse es uno de los pocos actos vitales que no puede elegirse; simplemente, ocurre. De la forma más inesperada, aquella voz que antes nos era indiferente comienza a resonar dentro de nosotros, se convierte en algo esperado; una presencia que antes nos era indiferente se nos hace de pronto indispensable; el contacto de un cuerpo que antes ni siquiera contemplábamos, ahora se convierte en preciado objeto de deseo.
Cuántas horas vanas dedicamos a contemplarnos, a juzgar nuestra belleza, pensando que de ello depende el que otros nos quieran. Cierto, la belleza tiene un poderoso efecto sobre los demás, pero es la más subjetiva de las percepciones. ¿Qué es bello para los demás? ¿Qué enamora? Una cara y un cuerpo bello invitan a la admiración, son fácilmente deseables. Pero son aquellos rasgos difíciles -como aquellos "Aires difíciles" de Almudena Grandes-, aquellas reverberaciones de la personalidad que trasluce el cuerpo, la forma de ser y estar en la vida, los que enamoran profundamente. Es fácil querer algo hermoso, perfecto a la vista; pero el amor fruto de la profunda observación, del deseo labrado con el tiempo, de la imperfección asimilada como hermosa diferencia, persisten más allá, condenan a aquel que al fin traspasa el cuerpo para ver el alma, a amar profunda y largamente.
Tras varias rupturas provocadas por dudas que me atormentaban y me empujaban apartarme de aquel de quien no conseguía discernir si estaba enamorada -cuántas veces nos habremos hecho esta pregunta-, descubrí, en un detalle sutil, que aquellos eran el cuerpo y el alma donde querían parar los míos. Estaba el deseo, pero no era suficiente... Una noche certera, en medio de la música, la gente y la embriaguez del reencuentro, le vi de espaldas. Esa forma de andar, que hubiera reconocido una y mil veces, la manera en la que ese cuerpo estilizado como un junco, se iba de mí, me hizo querer que volviera para siempre.
Por fin, entendí. La observación, la similación de sus gestos, palabras y hasta movimientos, me había llevado al amor, a sentirme en casa si él estaba cerca, a estar en paz sabiéndole conmigo. Le observo en la distancia. Me gusta verle cuando habla con otros y no me mira, cuando no se sabe observado. Sonríe y me llena de vida; abraza cariñosamente a alguien y me hace sentir afortunada. Me gusta cómo duerme acurrucado como un niño; cómo se le queda el pelo cuando se levanta por la mañana; todas las canciones que me canta para divertirme; cómo ordena sus cosas y las mías; la forma en que se viste y lo que se pone; cómo me abre diligente la puerta para que vaya yo primero; su expresión inocente y tierna cuando se despide de mí y se queda mirando hasta que el autobús me lleva... Tantas son las cosas que hacen que ya no vea su cuerpo ni su cara, que le vea sólo a él.
¿Qué cosas, imperceptibles para los demás, os enamoraron de la persona con la que compartís vuestra vida?