
Le he puesto este titular al post porque me recuerda a
"El hombre que miraba pasar los trenes", una novela George Simenon que leí hace tiempo y de la que no consigo recordar absolutamente nada.
Igual que aquel hombre con el que salí una vez a cenar y del que no puedo recordar más que las superficies nevadas que cubrían los hombros y la espalda de su chaqueta. Las facciones de su cara se han borrado de mi memoria visual, tan perjudicada por el paso del tiempo.
Era una primera cita, y fue también la última. Aquel matiz escatológico adquirió para mí, en tan sólo unos segundos, la categoría de certeza: la de que jamás podría tener una relación sentimental con el hombre que se sentaba frente a mi. Por más que quisiera, por más que me empeñara, sabía perfectamente, sin áun conocerle, que nunca podría llegar a estar convencida plenamente junto a él, que no tendría nunca la sensación de estar con la persona buscada, con el hombre adecuado para mí, que no podría llegar a establecerme con él; que siempre tendría dudas junto a él.
Nuestro destino puede decidirse en tan sólo unos segundos. El instinto es el arma de conocimiento más potente que existe. Podemos acallarlo con tesón, comodidad o una felicidad relativa, pero las dudas creadas por el instinto no desaparecen jamás. Estar plenamente convencido de querer estar junto a alguien es una de las sensaciones más intensas que existen; no querer movernos de su lado significa amor incondicional. Y eso se puede sentir en una milésima de segundo.
Tener caspa no es ningún pecado, ni motivo suficiente para ser rechazado. Pero aquella espalda cubirta de motas blancas en unas primera cita significaba mucho más. No tenía nada que ver con el esmero con el que yo me había arreglado, con el cuidado que había puesto en tener los dientes limpios y la boca fresca; con el tiempo que me había tomado para hidratar piel y peinar mi pelo; con todos los detalles que había añadido a mi atuendo para resultar agradable y atractiva. Sentados el uno frente al otro, en un resturante mal escogido por su parte, experimenté una extraña sensación de incomodidad. Tuve la impresión de estar viviendo un "deja vu" del futuro. No pude imaginarme, diez años después, con aquel hombre, frente a frente en un restaurante mal escogido; él con los hombros nevados de caspa y yo, desarreglada, apática y frustrada.
Algunas de las parejas que tenido, además de la actual, han tenido problemas estétivos como la caspa. Igual que yo. Pero
en ese instante decisivo en el que estás predispuesto a enamorarte o a vivir una aventura, no puede existir algo semejante.
Nunca he podido, por ejemplo,
salir con un hombre con las uñas largas o mal cuidadas; no soporto la idea de que esas manos puedan tocarme, lo que inmediatamente convierte en inaceptable a esa persona en el terreno sentimental.
¿Qué os puede llevar a rechazar inmediatamente a una persona, antes siquiera de haberla conocido?