Cuando somos jóvenes tendemos a acumular muchas cosas, nos da pena tirarlas. Apuntes, dibujos, las notitas que te pasabas en clase con el chico que te gustaba, entradas de conciertos, revistas, fotos, ropa que ya no te sirve y toda clase de cosas inservibles que a nuestras madres les ponían de los nervios porque se llenaban de polvo o atiborraban los armarios. Siempre recuerdo a mi madre detrás de mí para que tirara los papeles que se amontonaban en mi escritorio y para que ordenara mi armario; la pobre me compraba hasta archivadores y cajas bonitas para animarme a ser más ordenada.
Hasta que no me hice razonablemente mayor y me fui de casa no me di cuenta de la importancia que tiene desprenderse de las cosas inservibles, es decir, reciclar, sobre todo cuando vives con tu novio en un apartamento de 46 metro cuadrados. Ahora me pasa todo lo contrario, necesito tirar todo lo que sobra, no soy capaz de concentrarme ni de trabajar con trastos y desorden a mi alrededor. ¿Sabíais que cada ciudadano español genera un kilo de basura diaria? Siete kilos a la semana, 28 kilos al mes, 56 kilos año, que multiplicados por los casi 45 millones de españoles dan como resultado... ¡SOCORRO!
Aunque es una imperiosa necesidad social, reciclar tiene en realidad mucho que ver con la filosofía Feng Sui, que invita a tirar todo lo que nos sobra, a no acumular ni amontonar, a rodearnos de orden, limpieza e incluso una decoración minimalista y que equilibre adecuadamente los cuatro elementos de la naturaleza: agua, aire, tierra y fuego.
Yo ya practicaba esta filosofía cuando vivía en pisos compartidos; una de las épocas más divertidas pero a la vez exasperantes que pasé fue en el ático que compartía con una amiga, estupenda pero tendente a acumular millones de cosas y a generar increíbles cantidades de basura diarias.
Me enfermaba llegar a casa y encontrarme el salón lleno de montañas de ropa sucia, millones de revistas, papeles y cds, maderas, espumas, herramientas o botes de pintura (era decoradora y solía hacer sus "ñapas" en el salón de casa).
Cuando me fui a vivir con mi novio cambié mi estupendo armario doble por uno mucho más pequeño, con lo cual
tuve que desprenderme de la mitad de mi vestuario, lo que, sorprendentemente, lejos de entristecerme, me hizo sentir aliviada. Tenía ropa de diez años atrás por lo menos, pasada de moda pero que aún me servía y conservaba por aquello de que las modas siempre vuelven. Desde entonces,
si me compro algo, procuro que también salga algo del armario. Pero
no lo tiro, reciclo mi ropa dándosela a amigas o a otras personas que sé que la necesitan más que yo.
En el Planeta somos muchos y reciclamos poco. Lo de reciclar los vidrios y los plásticos es relativamente reciente en España, y ni siquiera todo el mundo lo hace. Una amiga de Menorca me decía que en Barcelona todo el mundo recicla, que a su hijo, por ejemplo, no se le ocurre tirar un envase de yogur en la basura de restos orgánicos.
Me temo que en Madrid estamos aún lejos de esa realidad. Por suerte, mi novio tiene muy presente la necesidad de deshacernos de lo que nos sobra, de reciclarlo adecuadamente y de no gastar energías innecesarias.
Nos hemos comprado uno de esos cubos de basura con tres compartimentos, reutilizamos los millones de bolsas de plástico que llegan a casa para la basura y apagamos por la noche la televisión y todos los aparatos electrónicos para no consumir energía tontamente. También intentamos consumir
agua de una forma moderada.
El tratamiento de los residuos constituye uno de los principales problemas urbanos. Pero
para reciclar hay que educar y poner a disposición de los ciudadanos suficientes
puntos de reciclaje, así como proceder a su retirada de una forma frecuente y eficiente, ya que
muchas veces los puntos de reciclaje se convierten en auténticos basureros. El proceso de reciclado está directamente relacionado con el cambio climático y puede contribuir a frenarlo. Aunque no son sólo los ciudadanos quienes deben reciclar -las industrias son las mayores generadoras de basuras-
lo que tú hagas en tu casa puede influir mucho en el ahorro de energía: al reciclar una
lata de aluminio se reduce en un 95% la energía que se necesita para fabricarla; una tonelada de
papel reciclado salva 17 árboles, y esa misma cantidad de
plástico evita la emisión de 1,5 toneladas de dióxido de carbono, el principal gas que produce el efecto invernadero.
¿Cómo reciclas en tu casa o en tu trabajo?