A hacerse una concesión gastronómica entre horas no debería llamársele “pecar”. Qué bien saben los que están a dieta -l@s hay “condenados” de por vida- las hambres pantagruélicas que se pasan entre una comida y otra; más aún cuando esos esperados “ágapes” no llegan a dejarnos nunca satisfechos por su escasez o insípido sabor. Aunque no estemos a dieta,
también suele usarse mucho el término “pecar” para referirse al placentero (qué pecado no lo es…) acto de picar o picotear entre horas.
Yo voy a hacer lo propio ahora mismo, tanto hablar de pecados y gastronomía ha despertado a mi ávido estómago. ¿Qué elegiré? ¿Seré buena y me calmaré esa desazón estomacal con algo sano y ligero como mandan los buenos cánones? ¿O seré perversa y pecaminosa y cederé a la tentación de las calorías vacías? Veamos qué hay en la nevera…
Papaya. ¡Menos mal que siempre tengo fruta en casa¡ Si no, andaría pecando por las esquinas y confesando después a mis amigas, también grandes pecadoras, mis faltas gastronómicas. La verdad es que me encanta la fruta, no es ni mucho menos un sacrificio comerla. Suelo comprar grandes cantidades en una tienda que hay justo enfrente de mi casa. La venden a precio de oro pero merece la pena, está buenísima y siempre tienen cosas especiales: mangos y papayas de Cuba, dátiles de Israel, cocos, fresones, uvas enormes... Cuanto más sugerente sea para la vista y el paladar, mejor, así me quito de otras cosas menos sanas y más “engordantes”.
Un momento, está pitando el microondas. Es el agua que he calentado para hacerme mi té preferido, perfecto para acabar de quitarme ese “no sé qué” (que no sabes si es hambre o ansiedad, o las dos cosas juntas). Es un té de coco que he descubierto en Amaté (Argensola, 6), una de mis tiendas de delicatessen preferidas. No sé que le echarán pero está impresionante y encima te pone energética perdida; os lo juro, te lo tomas y sales como un cohete donde quiera que sea.
Hablando de delicatessen, me encantan estas tiendas. En mi barrio hay un montón y a cada cual mejor: Isolé ( Isolée ), donde además puedes ver ropa, cenar, merendar… es uno de esos espacios “todo en uno” que tanto se llevan ahora; la Maison Blanche (Piamonte, 10), otro multiespacio con una tienda donde venden un montón de utensilios de cocina curiosísimos; La Lumachina (Travesía de Belén, 2), especializada en pastas y productos italianos; Hespen & Suárez , una de mis preferidas, donde hay un poco de todo: panes, comida preparada, frutas, dulces, aceites… Xocoa (Gravina, 3): mi paraíso del chocolate, aquí me aprovisiono de bombones y otras exquisiteces. Todas están en Madrid, menos Xocoa, que es originaria de Barcelona.
Como os decía, el té de coco me ha salvado de pecar con las patatas fritas y las cookies de chocolate que le compré a mi novio en Hespen & Suárez. Como muchas de vosotras, pícara de mí, las compro con la excusa de traerle alguna sorpresita a él, pero me las acabo comiendo siempre yo. Ya que hablamos de pecados, me confesaré. No siempre pico tan sano como hoy; dependiendo de las emociones y la magnitud del hambre, suelo decantarme por diferentes “cosillas”: frutos secos cuando tengo hambre antes de ir al gimnasio y no quiero comer nada que me llene mucho; pan a palo seco cuando paso por una panadería olorosa y los efluvios me hacen imposible contenerme; chocolate o galletas con ídem cuando tengo ansiedad o estoy nerviosa; queso cuando tengo simplemente hambre; una gran palmera de chocolate cuando he hecho algún esfuerzo, estoy muy cansada, tengo un antojo incontrolable y estoy totalmente convencida de que “me ha le merecido”.
¿Cómo pecáis, entre horas y gastronómicamente hablando, vosotros?