Si hay algo que caracteriza, gastronómicamente hablando, la llegada del buen tiempo, es que en las cartas y menús de los restaurantes empiezan a aparecer el gazpacho y el salmorejo. Delicias líquidas ambas que coronan la mesa de los españoles sin distinción de clase, poder adquisitivo o tendencia política. El gazpacho es, sin duda, el caldo rey del verano, pero el salmorejo no se queda a la zaga. Veamos las recetas de ambos entrantes y sus posibles combinaciones culinarias y hasta espacio-temporales.

Siempre me ha gustado el gazpacho, eso sí, con poco ajo, que luego se repite cosa mala.
Recomendable es no tomar gazpacho antes de una cita amorosa o una importante reunión de trabajo so riesgo de amenizar olorosamente al personal. En mi casa se toma en verano de acompañamiento, no de entrante, ya que mi madre lo hace muy clarito, más bien a modo de bebida refrescante. A este gazpacho, que le sale más bien de color naranja, a mí me gusta a veces
picarle luchuguita muy fina y echarle unos hielitos.
Pese a lo rico que está el gazpacho de mi madre, de aires extremeños, a mí siempre me ha gustado un poquito más espeso, para tomarlo de primer plato. Lo que no soporto es echarle cebolla cruda ni pan; lo primero por el aliento y lo segundo por las fatiguitas que me dan los tropezones. En verano, es la mejor opción cuando se sale a comer fuera: hidratante, sabroso, ligero y bajo en calorías. Muy socorridos son los gazpachos de tetrabrick, como el famoso Alvalle , que dicen que es el mejor gazpacho envasado.
Ignorante de mí, pensaba que no había mejor preparación veraniega del tomate que el gazpacho, cuando descubrí el salmorejo. Córdoba fue la cuna de mi descubrimiento, donde lo ponen con berengenas fritas que uno moja con deleite en las deliciosa crema. Sabedora de un gran descubrimiento, tras mi visita a la bella ciudad me dediqué a ir probando todos los salmorejos que se ponían a mi alcance. Creo que no me falta un restaurante de mi barrio por catar. De todos ellos, me quedo con el de El Albur, donde sólo lo hacen a partir de mayo.
Cuando me ponen delante un plato de salmorejo, reconozco avergonzada, me vuelvo ansiosa y avariciosa; lo quiero todo para mí. El huevo y el jamoncito picado dentro, y unas berenjenas fuera, son todo lo que necesito para ser feliz. Habiendo gazpacho y salmorejo en la carta, me quedo siempre con el segundo, aunque reconozco que el gazpacho es más versátil porque puede llevarse a la playa, al campo o de pic nic urbano; por su alto contenido en agua -en vitaminas prácticamente empatan- es más apetecible cuando el calor aprieta y uno pierde líquidos. ¡Qué bien sienta un gazpacho fresquito cuando uno busca refugio, abrasado y dehidratado, en el chiringuito playero!
Aunque le pongo empeño, no soy buena cocinera y no puedo daros el secreto de un buen gazpacho y un buen salmorejo. Éste útlimo me resulta más difícil, tiene su arte cogerle el punto. Una amiga de Granada. saladísima ella, me dijo su secreto para el salmorejo: no remojar el pan con agua sino con el propio tomate, rallándoselo por encima.
Hay quien no le echa pepino al gazpacho, hay quien le echa uvas o comino (mi hermano Julio le echa tortilla); hay quien lo hace anaranjado y a quien le sale colorao como el propio tomate. Hay quien hace el salmorejo fuertecito de ajo; hay quien lo acompaña de berenjenas y quien lo unta en el pan. Y hay, como yo, que mayoremente se lo come, sea como sea, con gusto y disfrute.
¿De qué sois más, de salmorejo o de gazpacho? ¿Me daríais vuestras recetas y vuestros trucos para hacerlo "rico rico"?