
Y tan lejanos. Hace tiempo que no me pongo unos buenos taconazos, ya no los resisto. Y eso que
alargan y estilizan la pierna, te levantan el culo, te hacen medir lo que no mides, y te hacen sentir y parecer sexy y glamourosa. Los zapatos son mi debilidad, tengo muchos más pares de lo razonable, pero cada vez estoy menos dispuesta a sufrir y la mayoría descansa plácidamente en sus cajas a la espera de la ocasión ideal. Cuando veo las fotos de las actrices sobre la alfombra roja o a las modelos en las revistas, inmediatamente me fijo en sus zapatos;
sin llegar a gastarme lo que Carry Bradshow se deja en "manolos" y "Jimmy Choos", comparto con ella su afición por los tacones.
Pero ¡ay!, cuántas ampollas, inflamaciones y hasta parálisis temporales he padecido yo, y estoy segura qure vosotras, por ponerme taconazos. Podólogos y traumatólogos no dejan de recordarnos los males que los tacones excesivos causan a las féminas.
Heridas, rozaduras, las citadas ampollas, uñas encarnadas, callos, dedos en garra, anomalías en las articulaciones, dolores de espalda y hasta artrosis de rodilla te pueden porvocar unos inocentes tacones de aguja. Y todas sabemos que los médicos no exageran...
Para la boda de uno de mis hermanos buscaba desesperadamente unas sandalias doradas lo suficientemente elegantes como para no desmercere el maravilloso vestido que me había comprado. Las encontré. Eran espectaculares y además estaban rebajadas a mitad de precio. El único problemilla: eran un número menos que el mío, pero "casi mejor, así me quedan bien justitas al pie". En la Iglesia aguanté porque tenía que leer y no era plan de quedarse descalza en el altar. Durante la cena empecé a perder la sensibilidad en los pies y casi ni me enteraba de que los tenía. Cuando empezó el baile, ni siquiera me las podía quitar. ¿Os acordáis de la escena de "Algo pasa con Mary" en la que Ben Stiller se pilla sus partes nobles con la cremallera y le salen como unos bollos? Pues mis pies eran lo mismo, hinchados como morcillas, la carne me sobresalía como dos centímetros entre las tiras. A las cuatro de la madrugada me tuve que ir a casa -ayudada por dos primos que me metiron en un taxi-. Desincrustarme los zapatos fue una hazaña, los tenía como dos pianos de cola.
Otros zapatos que no podré olvidar y que descansan, nuevos como el primer día, en los alto de mi armario, son unos taconazos rojos de piel de serpiente. Sí, el sueño de cualquier fetichista y el capricho de cualquier mujer. Y encima, me los compré rebajadísimos. El recuerdo es imborrable: me los puse con un vestido negro de Muka. para ir a la inauguración de la heladería Gian Grossi en Alberto Aguilera. Menos mal que iba con mi mejor amigo, si no, me tienen que amputar allí mismo los pies. Me había puesto los zapatos tal cual, sin medias y sin una mísera tirita en el bolso. A los quince minutos aquello me empieza a rozar de mala manera; a la media hora las ampollas eran monumentales; a la hora las ampollas se me habían roto, se me había levantado la piel y me sangraban. El pánico me entró cuando me di cuenta de que no me podía sacar los zapatos porque se me había pegado la piel a las heridas. Como os decía, fui con mi mejor amigo, que me tuvo que llevar en brazos hasta el coche. Al día siguiente tenía tales heridas en los pies que me dio fiebre y una amiga, que me vio los pies, me quería llevar al hospital.
Pero ahí no queda la cosa. Estábamos mi actual novio y yo en uno de esos extraños paréntesis que hacen las parejas y en los que renace la chispa, vuelves a tontear, te enrollas furtivamente... Fuimos con un montón de amigos a una fiesta en el Florida Park, en el Retiro. Yo aproveché para ponerme un pedazo de modelito: vestido de cuero rojo con la espalda descubierta y taconazos rojos de Farrux. Alucinantes, los tengo como oro en paño. Imbuida por la emoción del momento, estuve bailando frenéticamente en la pista y correteando cual adolescente por el local. Todo bien, ningún problema con los tacones. Hasta que me paré. Me senté en una mesa a hablar con él, toda sexy yo, con los pies colgando. Cuando volví a apoyar los pies -tras haberse enfriado durante la larga conversación- casi me caigo de cabeza al suelo. Simplemente, no podía andar, era incapaz de apoyar la planta de los pies. Qué corte, no sabía cómo decírselo sin parecer imbécil, porque además cuando le dices a un tío que los zapatos te están matando, te responde que para qué te los has puesto. Aparte de lo poco sexy que iba a resultar vestida así y andando como Lina Morgan en sus actuaciones estelares. Lo siguiente lo recuerdo como una pesadilla: ni un taxi en Madrid, él llevándome en brazos unas veces y ya, al final, directamente descalza por la calle. Cuando llegué casa tenía los pies como Micky Mouse: la planta se me había puesto como dos panes de pueblo.
"Mis tacones y yo", se podría llamar esta serie de aventuras. Y es que tengo muchas más para contar, como la primera vez que fui a Cádiz con mis amigas y me puse para salir unas increíbles sandalias transparentes de tacón dorado y cuerdas hasta la rodilla de Sinela con los que estaba totalmente ridícula por los chiringuito playeros a los que fuimos. O la boda de una de mis mejores amigas, este mismo años, para la que me compré unos zapatos de piel de potro de Pura López en los que, a pesar de las almohadillas de silicona, el algodón y las tiritas, se me reconcentraron los dedos en la mismísima punta impidiéndome dar un paso. Los aguanté con dignidad hasta la cena, cuando me los cambié por unas botas de corsaria que no pegaban excesivamente con mi vestidazo de gasa.
Admiro a esas mujeres que son capaces de llevar taconazos como si nada. Tengo una amiga, diseñadora de moda, que va siempre, desde que sale de casa por la mañana, con unos taconazos de muerte que pasea por el centro derrochando glamour. Otra de mis amigas trabajó varios años en Blanco de encargada. Todos y cada uno de los días iba con tacones y aguantaba con ellos como si tal cosa jornadas de 12 y 14 horas de pie. Eso sí, ha conseguido tener unos callos importantes. Menos mal que ahora se llevan los tacones con plataforma, lo que les quita centímetros de dolor, y que las bailarinas se han universalizado como el calzado de moda.
Me han hecho daño, me han hecho sufrir, me han dejado sin habla y sin capacidad de movimiento, me han dado la noche y me han hecho tener que volverme antes a casa. Pero aún así, me encantan y creo que no dejaré de comprarme zapatos de tacón aunque sea para esas ocasiones maravillosas que las mujeres imaginamos. Porque lo que es en la vida normal, me he pasado a las bailarinas y a los zapatos completamente planos, que también me encantan. Aunque dicen los expertos que ir totalmente plano tampoco es bueno (se cargan los gemelos y sufren los tendones de Aquiles); recomiendan entre 2 y 4 centímetros para que el peso del pie se reparta adecuadamente.
¿Tacones sí o no? ¿Os gustan tanto como a mí? ¿Os han hecho sufrir mucho?