Este post no puedo escribirlo en tercera persona. No sería justo. Prefiero hacerlo en el plural de la primera persona. Porque puede pasarme a mí también; porque puede pasarnos a todas.
Como le ocurrió a Ildefonso, un hombre que bebe "porque me da miedo vivir". Todo el mundo conoce y aprecia a Ildefonso en Vejer de la Frontera. Dicen de él que es un hombre culto, educado, con clase; que habla varios idiomas. Cuando no bebe. Pero bebe la mayor parte del día, del tiempo, de su vida. Si vas Vejer y recorres sus tabernas, tarde o temprano te lo acabarás encontrando.

Ildefonso no es el típico borracho que quieres quitarte de encima cuanto antes.
Ildefonso te dice "sangre mía" y te habla de cuando él era alguien importante, con clase, fino, elegante, y "tenía duros para ir a los toros, para pasearse por ahí con muchachas, para viajar, para ir a los mejores sitios". Pero
"sangre mía, yo tuve miedo a vivir", te dice mirándote a los ojos y, pese a que se tambalea, con unos modales exquisitos que insinúan un pasado de buenas escuelas y ambientes refinados. Y tú quieres seguir hablando con él, saber cómo un hombre que,
pese a haber perdido casi todos los dientes y aparentar mucha mása edad de la que tiene, sigue siendo elegante y va perfectamente vestido y aseado, elegante incluso;
quieres saber por qué bebe, cómo ha podido acabar así. "Sangre mía", te dice, y te coge la mano para sentir el contacto de otro ser humano aunque sea por unos segundos. Porque Ildefonso vive solo, está
"solito en el mundo" como él dice, aunque tiene una hermana y unas sobrinas de las que habla enjugándose las lágrimas, pero vieven lejos.
Había tanto de cierto en lo que Ildefonso decía, tanta emoción en sus palabras, que pasé mucho tiempo escuchándole mientras me cogía, desesperado, la mano, y me decía "qué bonita eres, sangre mía", con la sonrisa más tierna que he visto en mi vida. Cuando se alejaba tembloroso, con una copa de vino en la mesa, y alguno le preguntaba divertido e ignorante "¿con quién hablas, Ildefonso", éel respondía con rabia: "Le hablo a mi soledad". A su soledad...
Soledad. Ésa es una de las razones que empujan a beber a muchas mujeres. Aunque estén rodeadas de gente, aunque tengan marido e hijos, aunque tengan amigas o compañeros de trabajo, se sienten solas. Porque es muy fácil sentirse sólo aún estando acompañados, sentir que nos derrumbamos y no podemos contarlo, sentirnos poca cosa aunque aparentemos una apabullante seguridad en nosotros mismos, sentir una dolorosa tristeza aunque riamos como locos; tener miedo a vivir.
Tener miedo a vivir. Pero no a la vida que soñábamos para nosotras, sino a la que nos imponen o nos imponemos nosotras mismas.
No tener las fuerzas suficientes para decir no, para saber parar, para alejarnos. Sentir una insoportable presión por no poder ser aquello que esperan de nosotros. Por no poder ser todo lo felices que deberíamos.
Por traicionarnos a nosotras mismas. Por querer triunfar aunque cada vez que subamos un peldaño hacia el éxito estemos alejándonos otro de la verdadera felicidad.
El acohol. Esa droga dura que mata a tanta gente en vida. A tantos hombres y cada vez a más mujeres. En nuestro país es la sustancia adictiva más consumida. Y no hay que ser un alcohólico declarado para tener un problema. Comidas o cenas de trabajo, fiestas, reuniones familiares o de amigos.... beber nos ayuda a sentirnos más seguras, deshinibidas y simpáticas. Pero, sobre todo, a soportar situaciones que nos hacen sentir infelices, vacías, poca cosa, o que, simplemente, no queremos soportar. Puede tratarse de un consumo excesivo y perjudicial que puedes disimular o, directamente, de no poder parar de beber, de caer inevitablemente, en la borrechera.
Relaciones sociales, personales y hasta sexuales rotas, conflictos de pareja, accidentes de tráfico, pérdida del empleo, agresividad, violencia, soledad... Hipertensión, arritmias, hemorragia cerebral, cirrosis, dolor de cabeza, daños irreversibles en el feto... Mal aliento, balbuceo al hablar, reflejos ralentizados, capilares rotos y rojeces en el rostro, sobrepeso, visión borrosa, poco equilibrio...
¿Alguna vez has sentido que, de verdad, te estabas tomando una copa de más?