Qué gracia nos hacen a todos los vídeos caseros con las típicas caídas o porrazos (la de la foto es de la pobre Beyonce)
. Todavía lloro de la risa con
"Humor amarillo", un clásico en lo que a trompazos se refiere, o con las películas de El Gordo y el Flaco" y Buster Keaton, unos maestros en el arte del caer . Ver caerse o tropezar a alguien de forma natural provoca una de las risas más espontáneas e inevitables que conozco.
Pero ¡ay¡ cuando nos toca a nosotros ser los protagonistas del "gag", no hay nada más embarazoso que caerse públicamente y que encima la gente se empiece a reír. Como aquella vez en que, cegada por el amor, y levitando como iba,
obvié unas escaleras del metro y me pegué unos de los mayores castañazos que habrá grabado nunca una cámara de seguridad...
Porque encima eso, me caí delante de unas de las ´"cámaras que velan por tu seguridad" en el metro. Aquel día se debió reír hasta el ministro de fomento. Menos yo, que casi me muero de la vergüenza, sobre todo por el motivo de mi caída, que no fue otro que el puro obnubilamiento amoroso. Y no es que sea yo muy enamoradiza, más bien lo contrario, pero fue de esas pocas veces en la vida en que te quedas completamente colgado de alguien, que no eres capaz de pensar en otra cosa, y cuando tienes delante de ti al objeto de tus desos no eres capaz más que de balbucear estupideces.
Pues bien, al objeto de mis desvelos le había conocido en el gimnasio, pero no sabía nada de él, ni dónde vivía ni a qué se dedicaba; ni tan siquiera cómo era vestido de calle, sólo le había visto en chándal. Por esas increíbles casualidades del azar, andaba yo en mi trabajo pensando en el interfecto en cuestión -por aquel entonces yo estaba en una productora de tv y publicidad- cuando así, como por arte de magia, me lo cruzo en las escaleras. No daba crédito. Ambos nos quedamos como paralizados, ya que nos conocíamos perfectamente del gimnasio, pero no nos hacíamos en ese lugar y en esa situación. "¿Pero que haces tú aquí?", "¡Qué casualidad!", "Así que trabajas para la productora", bla, bla bla. Resultó que el "maromo" en cuestión era realizador y de vez en cuando colaboraba con mi productora, además de hacer reportajes para National Geographic, viajar por todo el mundo y tener una vida interesantísima. Y encima, vestido, deslumbraba, tenía un estilo impresionante y olía de maravilla. Como os decía, con el shok que me produjo el encuentro, no era capaz ni siquiera de balbucear, de hecho, creo que le dije algo tan interesante y seductor como "hala, como hueles a colonia". Y encima iba horrorosa, con el típico modelito "nada atractivo para ir a trabajar".
Espoleada por la oportunidad que el azar me brindaba, al día siguiente -y todos los sucesivos- salí de casa arreglada como para ir a una fiesta: minifalda, tacones, top, abalorios, rimmel, gloss, pelo liso hipersedoso... Lo que así, a primera hora de la mañana en el metro, no pega mucho... El caso es que a ese primer encuentro con el transporte público sobreviví, y encima ÉL se pasó a verme ese mismo día por mi oficina. Lo primero que me preguntó era por qué me había vestido así... Qué tonta me sentí, y encima, de nuevo, los balbuceos y las incongruencias. Cuando se fue no cabía en mí, entusiasmada además pensando que luego le vería en el gimnasio. Tanta suerte no era posible. Así que salí de la oficina ligera cual gacela, ignorando los tacones y las estrecheces de la falda, más corriendo que andando, intuyendo el camino más que fijándome por dónde iba. Así entre en el metro, con una cara de imbécil que ya llamaba la atención, toda chancleteante y erguida por los pasillos, todo caras de seducción y ojos entornados. Tan entornados que no vi las escaleras que me llevaban hasta el andén... Me salté como cuatro escalones de golpe, me caí para atrás, me salieron volando los zapatos, se me subió la falta y me quedé completamente espatarrada en medio de un montón de gente que, primero se asustó y vino a socorrerme, y luego se empezó a mear de risa delante de mí. ¡Qué bochorno¡ Yo me intentaba reír también para quitarle hierro al asunto, y decía todo el rato que no había sido nada mientras buscaba mis zapatos y me aguantaba las lágrimas aferrándome las costillas para que no se me cayeran.
El costalazo del metro fue de los peores, porque además, el golpe se llevó por delante todo mi ensimismamiento amoroso. Pero no ha sido el único. Con mi actual novio también me he dado unos cuantos buenos. Os juro que normalmente no soy tan torpe ni he vuelto a ir por ahí embebida en mis sueños de amor, pero sí es verdad que cuando voy con mi novio me relajo y me distraigo más, voy pendiente de la conversación, mirándole, y así me pasa... Mi primera "caidita de Roma" con él fue precisamente en esa ciudad, donde fuimos a pasar un fin de semana al poco de conocernos. íbamos habllando por la calle, extasiada yo ante la belleza circundante, cuando de repente sentí como que me hacía pequeña, que me iba para abajo: había metido la pierna, hasta la rodilla, en una alcantarilla que había en el borde de la acera. Sin inmutarse, mi novio tiró de mi y seguimos hablando como tal cosa. ¿Por qué una reacción tan natural? Se me ha olvidado contar que el día que le conocí, primero se me salió una chancla y di dos o tres ropezones, y luego casi me dejo la cara en una farola.
Otro de los trompazos memorables que he vivido con mi novio y que mis amigos recuedan mucho, fue en Sierra Nevada. Pero no esquiando, sino en le garaje. Iba yo toda peripuesta con el equipo, las botas y los esquís en mano, cuando me resbalé y me caí no una, sino dos veces entre las sonoras risas del personal. Después, ya envalentonada con el "calentamiento", y muy digna con los esquís en la mano todavía, me escurrí justo cuando un amigo daba marcha atrás con la furgo que llevaba. Literalmente, me metí debajo del coche y, literalemente también, en una fracción de segundo mi novio me agarró del anorak, tiró de mí, y me dejó otra vez de pie a su lado como si allí no hubiera pasado nada.
Pero no he sido yo siempre la protagonista de las caídas. La mejor que he visto en mi vida fue en el Budha Bar que hay en la carretera de la Coruña, en Madrid. Estaba en un reservado con mis amigas tomando unas copas y echando unos "dancings". Yo estaba de pie, frente al sillón que teníamos y enfrente también de la entrada a la disco. Dos chicas se acercaban charlando hacia el sillón, de espaldas a ellas. Tan distrída iba una de ellas que no vio lo que tenía por delante, se chocó con el sillón, hizo un perfecto mortal hacia delante y se quedó sentada al lado de una de mis amigas con cara de no saber qué carajo había pasado. Os juro que no me he reído tanto en mi vida. Ella también, pobre, pero es que yo me tuve que esconder con el guardia de seguridad, atacado de la risa como yo, y que en toda la noche no fue capaz de hacer bien su trabajo de los accesos de carcajadas que le daban. Después, me pasé varios días riéndome a lágrima viva cada vez que me acordaba de la chica volando y cayendo sentada en el sofá.
Ahora que os habéis reído conmigo -espero-, ¡por favor, contadme vuestras caídas más graciosas¡