Una de mis amigas se ha traído todas las temporadas de “Sexo en Nueva York” a Málaga, donde estamos pasando unos días de "vacaciones de chicas". La primera noche nos vimos tres capítulos seguidos, uno de ellos el de los “amienemigos”, aquellas personas que pueden ser tanto tus mejores amigos como tus peores enemigos. Justo después me pasó una cosa que me hizo plantearme también la existencia de cosas “amienemigas”: me olvidé la píldora en Madrid.
¡Uf, qué trastorno! Me costó bastante conseguirla la última vez que la compré: ya no te la venden tan fácilmente sin receta porque supuestamente están haciendo un estudio para controlar a la población femenina que toma anticonceptivos. Evidentemente, lo normal sería ir con la receta, pero ¿quién la lleva siempre encima o la guarda después de años tomando la píldora? “Vete al ginecólogo, que te dé la receta, la plastificas y la metes en tu cartera como si fuera un documento”, me dijo la farmacéutica. Pero ¿quién tiene tiempo para ir al ginecólogo cuando trabaja, está punto de irse de vacaciones y encima no te dan cita hasta octubre? Todas estas cuestiones pensaba yo que me iban a surgir al día siguiente cuando me fuera a buscar a toda prisa una caja de mis anticonceptivos si quería evitar males muy mayores (tengo pareja más que estable).
Para mi sorpresa, en la primera farmacia en la que entré la dependienta me dio la píldora sin dejarme casi explicarle por qué no tenía receta. “Aquí no la pedimos”, me dijo. “Pues deme treinta cajas, que no sé cuando voy a poder ir al ginecólogo a pedirle la receta”, pensé yo. Pero no lo hice porque me entró mala conciencia y porque me dio corte comprar más cajas después de haberle contado lo de que era de Madrid, que se me había olvidado, bla, bla, bla.
El caso es que ya con la píldora tomada empecé a hablar con mis amigas sobre lo “amienemiga” que era para todas nosotras la píldora. Lo bien que nos venía por un lado tomarla cuando teníamos pareja, lo cómoda que era la regla estando hormonada (casi ni te enteras) o lo bien que se te ponen el pelo y la piel (al regular las hormonas evita la caída, y la aparición de granos). Pero por otra parte te puede producir retención de líquidos (hay quien dice que engorda), cambios emocionales y manchas en la piel (comola que le salió a Rebeca Loos en el bigote en “Supervivientes”), ademásw de multiplicar el riesgo de enfermedad cardiovascular para las fumadoras. Por no hablar de las veces que se te olvida tomártelas, cuando te la tomas dos veces el mismo día, o cuando te la dejas en tu casa en lugar de llevártela contigo cuando te vas de viaje. Encima crea dependencia: la única vez que intenté dejar de tomármela, me empecé a llenar de granos y eccemas, se me puso el pelo grasiento y me veía tan fea que no aguanté ni un mes antes de ir corriendo a la farmacia a por mi caja de Yasmin.
¿Es la píldora vuestra “amienemiga”?