Hasta los más seguros de sí mismos, y a veces mucho más éstos, tienen algún complejo. Qué raro, qué envidiable y qué sano, encontrarse con gente sin complejos, o con los justos, aquellos intrínsecos a la naturaleza humana, pero con los que uno más o menos se puede bandear.
Los complejos suelen tener su orien en la infancia, se afinzan en la adolescencia y, si no se superan, se recrudecen en la edad adulta. Entre las causas están los defectos físicos, los choques emocionales o los deseos insatisfechos. El resultado de un complejo no superado puede ser una persona atormentada, amargada, que se siente incómoda, insegura e inferior frente a los demás, y que rechaza los cambios naturales de la vida.
Lo curioso de los complejos es que, quien los padece, suele intentar disfrazarlos adoptando actitudes defensivas que se traducen en estos altivos, despectivos, excesivas muestras de falsa seguridad en uno mismo, insolencia, falta de respeto e incluso cierta tiranía hacía los demás. No es raro ver a gente acomplejada llamando la atención con actitudes y comporatmientos provocativos o extravagantes.
Quien se siente acomplejado, se siente también inseguro y tiene una baja autoestima. Su complejo le hace distorsionar la imagen de sí mismo, lo que condiciona sus relaciones con los demás.
Según los expertos, la familia es el primer factor determinante en los complejos. La sobreprotección o la falta de apoyo y los reproches, causan una baja autoestima, una personalidad frágil e insegura. Otro gran factor generador de complejos es el entorno escolar. ¿Quién no ha padecido alguna vez la crueldad de sus compañeros? El tercer factor desencadenante de complejos es la sociedad que nos rodea, sobre todo por las pautas de vida o belleza que nos marca. Los adolescentes son especialmente sensibles a los complejos.
Como es obvio en la teoría, para superar un complejo, es fundamental quererse a uno mismo. En la práctica no siempre es tan fácil. Para mí es clave no buscar la aprobación de los demás sino actuar según los propios valores y percepción de las cosas. Vivir para los demás y pensando siempre en su reacción y aprobación, resulta agotador. También hay que evitar infravalorarse ante los demás, pues ello acrecentará la percepción negativa propia y ajena de uno mismo. Por supuesto, hay que intentar no valorarse de acuerdo a la apariencia externa, pues es precisamente la interna la que cambia positiva o negativamente nuestra imagen ante los demás. Ante un complejo fuerte, que nos amarga la vida, hay que buscar las causas, si es necesario, con la ayuda de un psicólogo.
El término complejo fue popularizado por Freud, quien le puso nombre a muchos de ellos: Complejo de Antígona (fijación excesiva en la figura de la madre e incapacidad para aceptar las leyes de la vida y del amor), Complejo de Alejandro (resentimiento del hijo contra el padre), Complejo de Aquiles (tendencia a ocultar la propia debilidad bajo la apariencia de invulnerabilidad o heroísmo), Complejo de Edipo (amor patológico del hijo por su madre), Complejo de Bovary (derivado de la famosa novela Madame Bovary, consiste en una alteración del sentido de la realidad, por la que una persona se considera otra a la que es), Complejo de Otelo (sentimiento morboso de celos, celoso por antonomasia), etc.
Los complejos son universales, no perdonan ni a ricos ni a famosos. La mismísima y deseada por medio mundo, Scarlett Johansson afirma que "cuando era adolescente era muy insegura: tenía muchas dudas acerca de mi aspecto. Tenía una voz fuerte y unos labios muy grandes y había gente que me hacía burla por ello. Me sentía demasiado gorda, bajita y veía mi rostro demasiado ancho".
¿Qué presencia tienen los complejos en vuestra vida?