Ha nacido una nueva forma de protesta social que en el fondo no me sorprende: quienes, por conciencia social, se dedican a comer de la basura de los demás. Pero no de cualquier ciudadano, sino de aquellos que sin ningún tipo de reparo tiran a la basura comida en perfectas condiciones. Porque les sobra, porque les fastidia tener que comer dos veces lo mismo, porque en cuanto el alimento cumple la fecha de caducidad ya no le dan ninguna oportunidad, porque, o saben, o no quieren aprovechar las sobras en perfecto estado, porque no piensan en quienes no tienen absolutamente nada que llevarse a la boca...
Los "freegan" proliferan ya por las calles de Nueva York y otras grandes ciudades del mundo, hastiados de ver cómo la sociedad occidental despilfarra toneladas de comida en perfectas condiciones mientras la otra mitad del mundo se muere de hambre. Este despilfarro de recursos, uno más de los que conlleva el consumismo, es para los freegans profundamente antiecológico, por lo que se han organizado para intentar recuperar parte de la comida que se tira a diario, evitando así consumir más.
Según algunos miembros de este movimiento, entre los que hay profesores universitarios o expertos en comunicación, muchos supermercados neoyorkinos tiran fruta, pasta, arroz, carne o pescado ahumado en perfectas condiciones entre sus resíduos. Cada noche, ellos buscan en estas bolsas de resíduos los alimentos salvables, que son muchos (pueden llegar a cubrir hasta el 80% de los alimentos que comen estas personas).
Como una forma de boicot a la actual sociedad de consumo, los freegan llevan su conciencia de reciclaje hasta la comida que otros tiran alegremente. Pero no penséis que comen sobras, restos o pedazos, en abosluto, lo que rescatan cada noche son alimentos caros y de gran calidad, incluso delicatessen, ya que son muchas las tiendas de este tipo que tiran comida. En lugar de pagar precios desorbitados por ellas, las recogen de la basura.
Periodistas de El País compañaron a un grupo de freegan neoyorkinos en sus "compras nocturnas". Según Adam Weissman, uno de los impulsores de este movimiento, los comercios ponen las fechas de caducidad mucho antes de lo necesario, "muchos supermercados simplemente tiran productos cuando les llegan otros más frescos por falta de espacio". Los periodistas de este diario pudieron comprobar cómo, efectivamente, los freean recogían un montón de comida (era tanta que gran parte tenían que dejarla) envasada y en perfectas condiciones, comida que sólo unas horas antes podía estar vendiéndose en las estanterías de ese supermercado.
Según un estudio de la Universidad de Arizona, el 40% de los alimentos que se producen en EEUU acaban directamente en la basura, lo que significa que, cada año, las familias americanas tiran 40.000 millones de dólares a la basura. Creo que estas cifras podrían extrapolarse a España y a muchos países europeos. En el mundo hay 852 millones de personas desnutridas y que pasan hambre.
Tal vez porque mis padres siempre han sido muy coherentes con su consumo alimentario, nunca me ha gustado tirar comida, soy de las que prefiere (encantada, por cierto) comer dos días seguidos lo mismo antes que tirarlo a la basura porque sí. Cuando la fecha de caducidad de algo está cumplida, intento al menos probarlo para ver si de verdad está estropeado (casi nunca). Pero sé que también tiro cosas en buenas condiciones, que a veces dejo que algunos alimentos se estropeen en mi nevera simplemente porque no tengo tiempo de cocinarlos. Y me da muchísima rabia. Igual que ir a un restaurante, pedir a lo loco un montón de platos y dejar la mitad. Creo que deberíamos acostumbrarnos a pedir que nos metan las sobras en tupper para llevárnoslas a casa (cuando de verdad son muchas). No por el dinero que hemos pagado por la comida, sino porque no me parece moral tirarla.
Hace poco una amiga de Ginebra me contaba que dio una pequeña fiesta en su casa para celebrar su boda con amigos que no habían podido asistir. Había comprado mucha comida, cosas riqúisimas y caras que sobraron y que ella y su marido no podrían comerse aunque quisieran. Así que guardó en tuppers todo lo que había sobrado y se lo fue dando a sus invitados cuando se iban a casa. Me contó que todos estuvieron encantados de llevarse el almuerzo del día siguiente.
¿No creéis que todos tiramos comida innecesariamente?